Entre dos mundos

Desde hace algún tiempo contesto “al borde del abismo” cuando alguien tiene la mala idea de preguntarme cómo estoy. Quizás la sonrisa que suele acompañar a mis palabras despiste. Me gustan los retos, qué le vamos a hacer. Tienen razón si sospechan que la respuesta no es del todo sincera. No estoy al borde del abismo, aunque es cierto que estoy al borde de algo. Estoy exactamente en la frontera entre dos mundos. En tierra de nadie.

El nuevo mundo está convulso: han robado a sus habitantes casi todo lo que tenían, hasta las esperanzas y los sueños. Muchos ya se fueron a probar suerte en otros lugares, Algunos de sus habitantes tienen trabajo, aunque no saben por cuánto tiempo. Otros no saben cuánto tiempo más estarán sin encontrarlo. Pero todos tienen la misma preocupación: ¿podré pagar las facturas este mes… el mes que viene… y dentro de 2 meses?. Se acuestan y se levantan con esa incertidumbre y cada día se convierte en una lucha por la supervivencia.

En el mundo, llamémoslo antiguo, también hay preocupaciones. Sus habitantes conservan muchos de los ideales por los que en su día ellos y sus padres lucharon. Les preocupa la justicia, que entienden perdida, al igual que algunos de sus derechos adquiridos.Ganan menos que antes, pero aún confían en que cobrarán al final de mes, y el mes que viene, aunque a algunos les inquieta su jubilación. Les preocupa el nuevo mundo, el futuro… Trabajan duro en un trabajo que les gusta en unas condiciones cada vez peores y al menos una vez al año cogen vacaciones y pueden permitirse el lujo de irse de viaje y conocer otros lugares.

Yo nací creyendo que pertenecía al mundo antiguo. Cuando me hice mayor comprendí que aquel lugar no te lo regalaba nadie, que había que conquistarlo. Y ahora que me hago más mayor, justo cuando más cerca estoy de él, me doy cuenta de que es posible que nunca atraviese esa frontera.

Así que no estoy al borde del abismo, sino entre dos mundos. Con los pies en el nuevo mundo pero la mirada perdida en el antiguo. Y he encontrado lo que me parece el único puente entre ambos: la reivindicación política. Sólo la lucha por unificarlos podrá mantener viva la esperanza de hacer de este mundo en el que todos habitamos un lugar mejor para los antiguos, para los nuevos y para los que están por venir.

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