Dulce derrota, amarga victoria

El cambio llegó.

Se cerraron muchas puertas, y otras amenazan con hacerlo pronto. Y sin embargo, apenas me importa ya. Al fin y al cabo, ¿ Quién quiere puertas mientras está atravesando un puente ?

No recuerdo en qué momento entró en mi vida. Aunque durante mucho tiempo la eché de menos, nunca llegué a llamarla. Quizás temía que llegaría con malas compañías. Y ahora está aquí, cómoda, tranquila y segura de si misma, con la imperturbabilidad de quien sabe que ha venido para quedarse.

A veces la miro de reojo, dudando de sus intenciones. Ella ni se molesta en devolverme la mirada. Tan sólo sonríe y murmura, como hablando para sí misma: “no te mates por saber que el tiempo te lo dirá”.

Entonces comprendo que hay cosas contra las que no se puede luchar, que simplemente ocurren, inexorables, como el amanecer tras la noche. Pero a veces, son justamente esas batallas que están condenadas a ser perdidas desde el principio, las únicas que merecen ser libradas, porque lo importante no es el resultado de la contienda, sino el coraje que mostramos en cada golpe, lo que aprendemos en cada caída y sobre todo, si en el ruido de la lucha, somos capaces de distinguir su voz.