El momento más feliz

Cada pareja, cada familia, tiene sus rituales, sus reglas y sus juegos. Normalmente ni siquiera se hacen a propósito, sino que se van forjando a base de repeticiones, como la tierra se orada al paso del agua. Pero al tiempo resulta que son precisamente esos rituales, esos pequeños momentos cotidianos, esas cosas que hacemos juntos de ese modo y no de otro, los que le dan sentido y conforman las señas de identidad del “nosotros”, como el curso del río le da forma y nombre al caudal de agua que lo recorre.

Las circunstancias de trabajo están a punto de robarnos uno de esos rituales. El del encuentro, el de qué tal te ha ido hoy, el del baile porque la jornada laboral y las tensiones del día terminaron y ahora estamos solas tú y yo, en casa, a salvo del mundo.

Encontraremos otros momentos, inventaremos nuevos bailes, como el agua busca nuevos caminos. Encontraremos nuevos paisajes, quizás más salvajes, quizás más bellos, pero hasta que eso ocurra, da la sensación de que alguien está a punto de robarnos un preciado regalo y aunque sabemos que lo mejor es no oponer resistencia, no podemos evitar sentir, mientras se lo entregamos, que lo vamos a echar mucho de menos.

Este es mi pequeño homenaje de despedida.

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