Balanceando

No tengo propósitos para el año que viene. No nuevos, al menos. En algún momento de mi reciente historia he descubierto que cuando encuentras un propósito por el que vale la pena apostar no es justo congelarlo hasta que cambie el año o hasta que comience el nuevo curso. Es en ese preciso instante en el que lo descubres, tirado y olvidado en el suelo o brillando resplandeciente en una vitrina, cuando conviene mirarlo directamente a los ojos y ofrecerle nuestra mano para que abandone su estado de letargo y se una a nuestro caminar cotidiano. 

Pero sí me gustaría hacer un pequeño balance del año que estamos a punto de despedir.

Ha sido un año de mucho trabajo, lo cual a veces es una bendición y a veces una maldición (de origen bíblico, de hecho). Ha sido un año de inflexión en el que he tenido que tomar un par de decisiones difíciles, que me han llevado a aparcar mis ilusiones para sobrellevar mejor las imposiciones de la realidad. He vuelto a coger llamadas, lo que se traduce, en mi idioma, a reducir drásticamente el tiempo del que dispongo para hacer otras cosas que me gustan mucho más: leer, escribir, estudiar.

También a nivel de pareja ha sido un año de inflexión. Ha habido replanteamientos y re-estructuraciones, casi todas mentales, pero inmensamente necesarias para que pudiéramos seguir bailando el mismo baile. Ahora nuestra canción suena más acompasada y (nos) da la sensación de que el disco ha superado la pista rayada -a fuerza de tanto repetirla- y se adentra con calma pero sin pausa en nuevos sonidos. 

Ha sido un año algo convulso en mi entorno familiar. De buenas y malas noticias. De cambios. De deseos de salud, trabajo y amor. 

Pero si echo la vista atrás y pienso en lo que ha significado para mi el 2013 la palabra que se me viene a la mente es “Reencuentro”. Los caminos del señor, inescrutables como siempre, las facilidades del wasap y la voluntad de recuperar lo que una vez se tuvo, se han unido en una exquisita combinación cósmica para hacer de este año una sucesión de reencuentros, besos y qué-tal-te-ha-tratado-la-vida, por-dónde-andas-ahora, tenemos-que-vernos-más, que han conseguido dar la vuelta a esa cita que tanto molesta “Los amigos van y vienen, los enemigos, se acumulan”. Porque es cierto que continuamente personas que en un momento de tu vida viajan contigo compartiendo, más que dichas y tristezas -que suelen ser más universales-, detalles de cotidianidad, un día desaparecen, dejando un vacío más o menos grande que (sabes) pronto otros llenarán. Y a veces nos damos cuenta de lo rápido que hemos olvidado, de cómo nos hemos acostumbrado a nuestros nuevos acompañantes, y la vida que llevábamos antes nos parece tan lejana. Y la magia surge entonces, justo en el instante en que nos sabemos desmemoriados, en que nos creemos olvidados, cuando suena el teléfono y vemos un nombre que nos trae recuerdos de otras épocas, de otras vidas tan lejanas que ya no nos parecen la nuestra. 

Entonces, aunque sea durante el tiempo que dura esa llamada, el café que le sigue, o a veces incluso, durante todo un banquete de boda, recuerdas y eres recordada, comienzas a cruzar otra vez ese puente entre el pasado y el presente y descubres sorprendida que no se trata de otras vidas, que es la misma y que es la tuya. Porque a veces ese puente conduce hasta el mismísimo futuro, ese gran desconocido que no está escrito y que se desvanece en el preciso instante de alcanzarlo, pero que es también ese lugar tan familiar en el que tantas veces encontramos a nuestros viejos amigos. 

Feliz 2014!