Ahora vuelvo :D

Imagen

Ahora vuelvo :D

Anuncios

Personas Dañinas

A veces, pocas, afortunadamente, te topas con personas altamente agresivas, déspotas y cargadas de ira que rezuman desprecio en cada una de sus palabras. No escuchan, ni cambian el tono de su discurso en ningún momento, y por supuesto jamás esbozan algo parecido a una sonrisa, como si al hacerlo fueran a perder la batalla que sienten están luchando contra (ti) el mundo. En el mejor de los casos, si la conversación se prolonga lo bastante, pueden variar ligeramente el volumen, y gritar más o gritar menos. 

Te preguntas el sentido de tanta hostilidad, el origen de su rencor, que adivinas tiene poco que ver contigo, y no puedes evitar preguntarte cómo será la vida de esa persona. Ruegas porque no tenga empleados con quienes ensañarse, ni hijos a los que inculcar su percepción del mundo y sus maneras de hacerle frente. La imaginas sola, resentida contra un amor que la abandonó o contra el marido al que espera cada noche, cada vez más tiempo. Rodeada de abogados, luchando por ganar algo o a alguien. Porque te la imaginas CONTRA alguien, no CON alguien. Quizás la imagen que te viene a la mente, de una persona ahogada en su propia bilis, te reconforte o te de más pavor, pero en ese momento que te está salpicando a ti, el único consuelo que te queda es pensar que para ti será pasajero, que en cuanto esa persona desaparezca de tu horizonte no quedará de ella más que un desagradable recuerdo que pronto  olvidarás. Tú volverás a tu vida, tendrás alguien a quien contarle, si te apetece, el mal día que has tenido. Que te abrazará y te hará sentir que nada más importa. Tendrás amigos con quienes brindar para que personas como esa se vayan al infierno y no encuentren nunca el camino de regreso. 

Pero las personas dañinas no pueden librarse de sí mismas. Cuando acaben contigo la emprenderán contra cualquier otro que se interponga en su camino, que perciban como un obstáculo que interfiere en el logro de sus objetivos o como alguien que de nuevo está atacando sus maltrechos derechos. Y pasarán la vida librando batallas que ellas mismos generan o prolongan innecesariamente, volcando su ira contra los demás, porque por desagradable que resulte la lucha (para los demás), a ellos los mantiene entretenidos y sobre todo, alejados de su verdadero enemigo, ese con el que se acuestan y se levantan cada día, el que los mira desde el espejo con desprecio. Gritan porque para ellos debe de ser aterrador escuchar el murmullo de sus propios pensamientos. 

Antes de que el olvido barra a esta persona de mi mente he querido plasmar su amargura en estas líneas. Como diría el gran maestro Neruda, “aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos los últimos versos que yo le escribo”. 

Lavadoras y otros seres im-prescindibles

Hoy viene el técnico de la lavadora a darnos el presupuesto. No está mal, tras 2 meses haciendo la colada fuera (GRACIAS). Nos ha dicho que si lo que falla es el conmutador (o algo así), suele convenir comprar una nueva. Así que estamos aquí poniendo velas para que sea otra cosa (la goma, el muelle…).

Se estropeó en pleno auge de estrés, como suele gustar hacer a las lavadoras y a los electrodomésticos considerados “imprescindibles”, no sea que, ocupados como estamos en otros asuntos, vayamos a olvidar cuánto dependemos de ellos. Pero pasado el shock inicial, en el que pensábamos que había llegado el fin del mundo, casi que te acostumbras. Como nos acostumbramos a todo. O a casi todo. 

Te acostumbras a madrugar. A comer mucho o a no comer. A comer sola. Al cigarro de después, o a no fumar. Te acostumbras incluso a que esa persona ya no esté a tu lado. 

Y pese a nuestro empecinamiento y nuestros miedos, la vida nos va demostrando en cada ocasión que el único electrodoméstico imprescindible que hay aquí es ella. Y que hay que cuidarla y prestar atención a cada lavado porque, como rezaba una de las mejores letras del mundo, no distingue tejidos. 

Buena semana.

Adiós

Soy de esas personas que rara vez dicen “adiós” para despedirse. Por lo general prefiero un sencillo “hasta luego” o, si el reencuentro se vislumbra lejano, un “que te vaya bien”. Será mi tendencia al optimismo o mi resistencia a separarme de las personas. O quizás únicamente la costumbre. Quién sabe.

Ayer tampoco le dije “adiós” a mi abuela. Sólo tomé una flor de las múltiples coronas que recordaban que hasta hace muy poco estaba aún entre nosotros, se la dediqué y me la guardé, emulando el intento de mi abuelo y de mi hermana de conservar algo de ella. Como si así no se fuera del todo.

Tenía razón mi terapeuta: no sé dejar marchar a mis seres queridos.  Yo no sé despedirme. Tengo mucho que aprender de pueblos como Zafra. Son lugares pequeños y antiguos, donde casi todas las familias se conocen entre sí y el qué dirán marca el paso del día a día, tan ajenos a veces a la modernidad que los rodea…

Su anacronismo siempre me ha espantado. Que personas a las que no había visto en mi vida supieran quién era yo porque los del pueblo se conocen y los forasteros son rápidamente fichados. Que mi abuela estuviera al tanto de por dónde salia yo de paseo o con quién en tiempo real, porque antes de que volviera ya le habían llegado los comentarios oportunos de las vecinas. Para una persona tímida como yo, que gusta pasar desapercibida y que salió del armario a los veinte años, un lugar donde no se pueda guardar la privacidad y el anonimato es un lugar hostil.

Pero es ese anacronismo, que normalmente se nos antoja reducido y rancio, el mismo que es capaz de conservar la sabiduría de nuestros ancestros en estado puro.

Ayer mi abuelo, lleno de miedo, tristeza y soledad, apenas podía mantenerse en pie, pero cuando se le sugirió si prefería no ir a la misa y quedarse en la casa gritó con furia “¡ni muerto!”; mi tía abuela, una mujer mayor y vitalista, que lleva sobre sus hombros en forma de chal negro la muerte de su amante esposo y de su hijo, cuando se le sugirió si quería quedarse sentada durante la misa gritó llena de rabia: “¡yo me quedo de pie y despido a mi hermana como Dios manda!”.

Porque allí saben despedir a los suyos.

Mi abuela debía de saberlo muy bien, porque dejó dicho que en la pizarra de la iglesia donde anuncian la misa del difunto, junto a su nombre apareciera el apodo por el que era más conocida en el pueblo “Carmelita”, porque si no, “nadie va a saber que soy yo”.

El cura era un rancio pero en eso accedió. En la pizarra puso “Carmelita” y cuando llegamos a la iglesia, bajo el doblar de sus campanas, la encontramos abarrotada de gente, tal y como ella hubiera querido. Gente que se fue levantando con respeto sepulcral ante el paso tembloroso y vacilante de mi abuelo, que sujetado por su hijo y su nieta para no caerse, avanzaba llorando tras el féretro de mi abuela.

No sé cuántas personas podría haber allí congregadas. Una gran multitud que se comportaba como una sola guardando silencio.

Entre sollozos, con el alma encogida y los vellos de punta, llegamos al altar y nos situamos alrededor del féretro para recibir “la cabezá”. Y aquellas personas que antes se levantaron en señal de respeto, fueron pasando una a una, en el mismo sepulcral silencio, para expresar sus condolencias a los familiares y dar un último adiós a mi abuela.

Y en el dolor de la despedida brilló también el respeto y el calor de un pueblo que sabe despedir a los suyos como Dios manda. 

Hasta siempre, abuela. Voy a buscar un buen lugar para guardar la flor que me quedé.