Adiós

Soy de esas personas que rara vez dicen “adiós” para despedirse. Por lo general prefiero un sencillo “hasta luego” o, si el reencuentro se vislumbra lejano, un “que te vaya bien”. Será mi tendencia al optimismo o mi resistencia a separarme de las personas. O quizás únicamente la costumbre. Quién sabe.

Ayer tampoco le dije “adiós” a mi abuela. Sólo tomé una flor de las múltiples coronas que recordaban que hasta hace muy poco estaba aún entre nosotros, se la dediqué y me la guardé, emulando el intento de mi abuelo y de mi hermana de conservar algo de ella. Como si así no se fuera del todo.

Tenía razón mi terapeuta: no sé dejar marchar a mis seres queridos.  Yo no sé despedirme. Tengo mucho que aprender de pueblos como Zafra. Son lugares pequeños y antiguos, donde casi todas las familias se conocen entre sí y el qué dirán marca el paso del día a día, tan ajenos a veces a la modernidad que los rodea…

Su anacronismo siempre me ha espantado. Que personas a las que no había visto en mi vida supieran quién era yo porque los del pueblo se conocen y los forasteros son rápidamente fichados. Que mi abuela estuviera al tanto de por dónde salia yo de paseo o con quién en tiempo real, porque antes de que volviera ya le habían llegado los comentarios oportunos de las vecinas. Para una persona tímida como yo, que gusta pasar desapercibida y que salió del armario a los veinte años, un lugar donde no se pueda guardar la privacidad y el anonimato es un lugar hostil.

Pero es ese anacronismo, que normalmente se nos antoja reducido y rancio, el mismo que es capaz de conservar la sabiduría de nuestros ancestros en estado puro.

Ayer mi abuelo, lleno de miedo, tristeza y soledad, apenas podía mantenerse en pie, pero cuando se le sugirió si prefería no ir a la misa y quedarse en la casa gritó con furia “¡ni muerto!”; mi tía abuela, una mujer mayor y vitalista, que lleva sobre sus hombros en forma de chal negro la muerte de su amante esposo y de su hijo, cuando se le sugirió si quería quedarse sentada durante la misa gritó llena de rabia: “¡yo me quedo de pie y despido a mi hermana como Dios manda!”.

Porque allí saben despedir a los suyos.

Mi abuela debía de saberlo muy bien, porque dejó dicho que en la pizarra de la iglesia donde anuncian la misa del difunto, junto a su nombre apareciera el apodo por el que era más conocida en el pueblo “Carmelita”, porque si no, “nadie va a saber que soy yo”.

El cura era un rancio pero en eso accedió. En la pizarra puso “Carmelita” y cuando llegamos a la iglesia, bajo el doblar de sus campanas, la encontramos abarrotada de gente, tal y como ella hubiera querido. Gente que se fue levantando con respeto sepulcral ante el paso tembloroso y vacilante de mi abuelo, que sujetado por su hijo y su nieta para no caerse, avanzaba llorando tras el féretro de mi abuela.

No sé cuántas personas podría haber allí congregadas. Una gran multitud que se comportaba como una sola guardando silencio.

Entre sollozos, con el alma encogida y los vellos de punta, llegamos al altar y nos situamos alrededor del féretro para recibir “la cabezá”. Y aquellas personas que antes se levantaron en señal de respeto, fueron pasando una a una, en el mismo sepulcral silencio, para expresar sus condolencias a los familiares y dar un último adiós a mi abuela.

Y en el dolor de la despedida brilló también el respeto y el calor de un pueblo que sabe despedir a los suyos como Dios manda. 

Hasta siempre, abuela. Voy a buscar un buen lugar para guardar la flor que me quedé.

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