Personas Dañinas

A veces, pocas, afortunadamente, te topas con personas altamente agresivas, déspotas y cargadas de ira que rezuman desprecio en cada una de sus palabras. No escuchan, ni cambian el tono de su discurso en ningún momento, y por supuesto jamás esbozan algo parecido a una sonrisa, como si al hacerlo fueran a perder la batalla que sienten están luchando contra (ti) el mundo. En el mejor de los casos, si la conversación se prolonga lo bastante, pueden variar ligeramente el volumen, y gritar más o gritar menos. 

Te preguntas el sentido de tanta hostilidad, el origen de su rencor, que adivinas tiene poco que ver contigo, y no puedes evitar preguntarte cómo será la vida de esa persona. Ruegas porque no tenga empleados con quienes ensañarse, ni hijos a los que inculcar su percepción del mundo y sus maneras de hacerle frente. La imaginas sola, resentida contra un amor que la abandonó o contra el marido al que espera cada noche, cada vez más tiempo. Rodeada de abogados, luchando por ganar algo o a alguien. Porque te la imaginas CONTRA alguien, no CON alguien. Quizás la imagen que te viene a la mente, de una persona ahogada en su propia bilis, te reconforte o te de más pavor, pero en ese momento que te está salpicando a ti, el único consuelo que te queda es pensar que para ti será pasajero, que en cuanto esa persona desaparezca de tu horizonte no quedará de ella más que un desagradable recuerdo que pronto  olvidarás. Tú volverás a tu vida, tendrás alguien a quien contarle, si te apetece, el mal día que has tenido. Que te abrazará y te hará sentir que nada más importa. Tendrás amigos con quienes brindar para que personas como esa se vayan al infierno y no encuentren nunca el camino de regreso. 

Pero las personas dañinas no pueden librarse de sí mismas. Cuando acaben contigo la emprenderán contra cualquier otro que se interponga en su camino, que perciban como un obstáculo que interfiere en el logro de sus objetivos o como alguien que de nuevo está atacando sus maltrechos derechos. Y pasarán la vida librando batallas que ellas mismos generan o prolongan innecesariamente, volcando su ira contra los demás, porque por desagradable que resulte la lucha (para los demás), a ellos los mantiene entretenidos y sobre todo, alejados de su verdadero enemigo, ese con el que se acuestan y se levantan cada día, el que los mira desde el espejo con desprecio. Gritan porque para ellos debe de ser aterrador escuchar el murmullo de sus propios pensamientos. 

Antes de que el olvido barra a esta persona de mi mente he querido plasmar su amargura en estas líneas. Como diría el gran maestro Neruda, “aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos los últimos versos que yo le escribo”. 

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