Con nocturnidad y alevosía

Esta noche nos robarán una hora. Previo aviso. Por nuestro bien. Con la ley en la mano y como cada año por esta época. Igual de doloroso y confuso.

Qué bien que hay señores que cuidan de nosotros, de nuestra productividad y de nuestros ciclos circadianos. Qué desgraciados seríamos si no, presos de nuestro propio discernimiento.

Ladrones…

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Miedo

No voy a entrar en la polémica de si fuimos 2.000.000 de personas como dicen algunos periódicos (nacionales e internacionales), o “decenas de miles de personas”, como titula, cada vez en un lugar más pequeño, El País. Al fin y al cabo ya poco importa. La dictadura de la actualidad ha lanzado en apenas unas horas a las marchas de la dignidad contra la pared del olvido. Parece que Adolfo Suarez era un hombre de principios, que hasta algo tan natural como su propia muerte, ha llevado a cabo su último acto de conciliación entre las dos mitades de este país.

Quiero entrar en otra polémica. La de la policía antidisturbios. Quiero hablar de un gobierno que tiene miedo del pueblo y que se protege de los ciudadanos como nosotros defendemos nuestra casa de las cucarachas: con desprecio, aplastándolas con asco, o rociando los rincones con insecticida, sin atrevernos si quiera a mirarlas mientras tratamos de hacerlas desaparecer de nuestro hogar.

Salimos de cenar de un local que ojalá pronto alguien traiga a Sevilla: por 40 céntimos puedes tomar una cerveza y un minimontadito. El resto de los precios parecen también salidos de otra época, de otro país quizás. Reventados, después de las horas de autobús y de caminata, con el frío empezando a calar en nuestros huesos, emprendemos el camino de vuelta. Los bares estaban atestados de gente pero en las calles nada delataba que la ciudad había protagonizado una de las grandes movilizaciones de su historia hacía apenas unas horas. Hasta que nos topamos con ellos…

Imponen con su sola presencia. Si los ves de lejos tratas de no acercarte, pero en esta ocasión poco podíamos hacer para evitarlo. Estaban tapando la entrada a la calle por la que teníamos que llegar al lugar donde nos recogería el autobús. Y tapando no en sentido figurado: furgones policiales, policías armados hasta los dientes en la esquina y vallas metálicas nos cortan el paso.

Mi primer pensamiento es: “Oh Dios, dime que no es cierto que tenemos que andar más…” En Madrid dar un rodeo cuando tienes los pies molidos no es moco de pavo. Pero el rodeo se resiste más de lo previsto, porque aquella no es la única calle que han cortado. Me acerco a nuestro guía particular, un joven madrileño comprometido, amigo de una amiga, que además de un gran anfitrión resultó ser un encanto de persona.

“No lo entiendo. ¿Por qué tienen tantas calles cortadas, si aquí no hay nada y ya se ha terminado la manifestación?”

“Es porque allí detrás está el Congreso”.

“Ahhh…”, contesté, comprendiendo sólo a medias.

A medida que íbamos dando el rodeo, y acercándonos a la zona donde había sido la manifestación, los furgones policiales y los antidisturbios se multiplicaban. En las aceras había muchos más policías que ciudadanos, y en las avenidas, muchos más furgones policiales que coches.

Había visto semejante desproporción antes, la vez más llamativa fue en una manifestación contra la ley del aborto en la que éramos 21 manifestantes y 3 furgones policiales. Pero nunca había visto tantas “lecheras” juntas, ni siquiera en el 15-M. Nuestro anfitrión, aficionado a las manifestaciones como el resto de nosotros, tampoco recordaba haber visto algo parecido.

“En la manifestación de “rodea el congreso” también había muchos, pero estaba restringido al Congreso, nunca antes había visto tantos antidisturbios desplegados por toda la ciudad…”, confesaba, lamentándose por el derroche de dinero que suponía.

Hileras de furgones parados e hileras de furgones recorriendo las avenidas casi desiertas, en una escena absurda, son nuestro paisaje de vuelta. No estás haciendo nada, salvo andar, pero no puedes evitar sentir miedo. Miedo de que en cualquier momento a alguien le dé por dar la orden de cargar contra las personas que caminan. Miedo de pasar demasiado cerca de alguno con ganas de estrenar la porra…

“Dicen que se van para Atocha” escucho decir a unos chicos, refiriéndose a nuestros amigos los insecticidas.

¿¿¿¿Para Atocha???? Horrorizada, temo que haya pasado algún altercado en la zona donde tenemos que coger el autobús de vuelta. Para entonces ya nos habían llegado las noticias (desde Sevilla) de que habían cargado en Colón, el lugar donde terminaba la manifestación.

En una de las esquinas nos encontramos a un grupo de antidisturbios preparados para atacar, congelados delante de un escaparate en una posición de defensa, que contrastaba con el hecho de que no había absolutamente nadie atacándolos. Las personas que pasaban por allí, tan asombradas como nosotros por lo insólito, comenzaron a echarles fotos. Entre ellos también periodistas acreditados. Fue entonces cuando me atreví a hacérselas yo también. ¿Estarían posando para los periódicos?

Una multitud comenzó a agolparse en torno a ellos.

“¡Parecen monos en un zoo!” Gritó alguien. Entonces lo comprendí: estaban preparados para responder a la reacción de ataque que ellos mismos querían provocar con aquella actitud.

Imagen

“Vámonos de aquí”. No hubo que discutir. Todos teníamos claro que en cualquier momento se iba a desatar el desastre y no queríamos ser cómplices ni mucho menos víctimas de lo que podría suceder.

Al llegar a Atocha, para mi sorpresa, no había nada más que algunas personas esperando que llegaran sus respectivos autobuses y más hileras de lecheras.

Estaba claro que los autobuses no podrían acceder al lugar, pero igualmente nos sentamos a esperar sentados en una pequeña marquesina de un bar a que alguien nos comunicara dónde nos recogerían. La acera a esa altura apenas tenía unos dos metros, distancia que particularmente a mi me parecía demasiado pequeña para separarnos de lo que había tras la acera: antidisturbios colocados delante de las furgonetas, frente a… nosotros!!!

Por muy tranquilos y destrozados que estuviéramos, resultaba difícil desprenderse de cierta sensación de miedo. Intenté sacar otra foto disimuladamente, que retratara lo indignante de aquella situación: se habían desplegado hacia atocha persiguiéndonos (no a nosotros en particular, sino a los pasajeros de los más de 800 autobuses que habían llegado para la manifestación), sabiendo que la mayoría teníamos que coger por esa zona los autobuses, y ahora nos rodeaban y nos vigilaban, aguardando no se sabe qué…

Da gusto sentirse protegidos por los cuerpos de seguridad del Estado…

To fix you

Quisiera escribir palabras que te alivien, que se lleven, como el viento, esas garras que te oprimen el pecho. Quisiera decirte que eso que temes no pasará, que siempre habrá estrellas que alumbren la oscuridad de tus noches.

Qué maravilloso sería alejar fantasmas a golpe de teclado. Y qué poco realista.

¿Cómo aliviar la sed del mar? ¿Cómo darle oxígeno a las nubes?

Si fuiste tú quien me enseñó a caminar entre brumas. Si de ti aprendí a disfrutar de las tardes en que se puede respirar…. Y nada más.

No puedo hacer desaparecer tu dolor. No puedo disipar tus miedos. No puedo decirte que lo que nos espera a la vuelta de la esquina será bueno.

Pero hay algo que puedo hacer. Puedo estar a tu lado. Puedo cogerte la mano. Puedo abrazarte y decirte que te quiero. Y puedo dedicarte esta canción:

 

Injusticia Universal

 

Últimamente mis reflexiones y disquisiciones sobre mis opciones vitales me han tenido demasiado entretenida como para escribir acerca de lo que pasa en el exterior. Porque mientras yo me debatía entre comer o estudiar, los ucranianos de debatían entre la Unión Europea y Rusia, los úteros de las mujeres en España se debatían entre pertenecer a su dueña original o a un señor trajeado llamado Gallardón, una de nuestras infantas (y digo nuestras no desde el cariño, sino desde el rencor de tener que sufragarle sus derroches), se debatía entre llegar al juzgado en carroza o en calabaza, ETA se debatía entre disiparse o disolverse, el Ministro del Interior se debatía entre disparar desde tierra o a tierra y el Ártico se derretía un poco más. 

Muchas palabras habría podido escribir sobre cada una de estas cuestiones, pero por aquello de la actualidad me ceñiré a una de las últimas que ha sucedido en estos días y que ha tenido el honor de dañarme un poco más si cabe el corazón que las anteriores.

No se si será por amor a la justicia, por mi firme convencimiento de que todos formamos parte de una misma humanidad, que lucha por ser cada día más libre, más igualitaria y más digna, o por mi esperanza de que llegue una nueva era en la que las fronteras y las naciones no tengan sentido, que el 27 de febrero de 2014 se me antoja un día especialmente negro para nuestra historia.

El gobierno del PP, en su carrera por aniquilar las libertades y dejar claro que, especialmente en cuestiones de Justicia, siempre ha habido clases, ha sacado adelante, con el resto de los partidos en contra (salvo el diputado de Unión del Pueblo Navarro, que ha votado a favor), una reforma express de la ley de jurisdicción universal, que incluye tantas limitaciones al principio de justicia universal que en la práctica supone el archivo inmediato de casi todas las causas abiertas en la actualidad, por no hablar de las miles de causas que a partir de ahora quedarán huérfanas.

No puedo evitar pensar automáticamente en clave de naipes. Cuando lees, cuando vas al cine, te evades, te diviertes, te emocionas o aprendes sobre otras culturas (reales o imaginarias), a veces sobre historia, a veces sobre posibles futuros. Pero algunos libros, al igual que algunas películas, y a veces, por extensión, también algunas series, tienen una capacidad mágica: la de ampliarte horizontes, mostrarte realidades que hasta entonces ni imaginabas, pero que a partir de ese momento, formarán parte de tu marco para ver y entender el mundo.

“House of cards” (castillo de naipes) es, además de una obra maestra en cuanto a dirección e interpretación (su actor principal es Kevin Spacey), una de esas series que te ayudan a comprender mejor el mundo del que, sin querer, tú también formas parte. 

Hasta Barack Obama ha confesado estar enganchado a la serie, lo cual, de ser cierto, no se si me escandalizaría o me conmovería. 

Se podría hablar sobre manipulación, presiones, dinero, poder, cinismo, mentiras… pero mejor que una larga explicación, les animo a disfrutar de la obra de arte. 

Hasta el siguiente capítulo!