A veces

A veces sólo quieres saborear ese café. La tienes enfrente, sonriéndote, y con eso te basta. Temes que termine antes que tú y se levante con prisas. Sabes que no podrás hacer nada para evitarlo, por lo que ni siquiera te esfuerzas por retenerla a tu lado. Cuando tenga que irse, simplemente se irá. Y no sabrás cuándo volverás a verla, porque tampoco te avisó de su llegada. Así que te limitas a sonreirle y a contemplarla, intentando fijar su rostro en tu memoria, porque nunca se sabe…

Y que está tan bonita…

 

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Hallazgo

He descubierto una autora nueva. Es muy diferente a todo lo que había leído antes. Tampoco es que tenga un amplio abanico literario, así que quizás eso no es decir mucho, pero me ha impactado. De forma suave, penetrando y sorprendiendo lentamente, como las cosas -y las personas- que van avanzando hacia tu interior sin que lo notes, hasta que de pronto un día te sorprendes al descubrir que están dentro de ti.

Al principio me chocó: un estilo tremendamente sencillo, con cierto toque rancio, para contar algo que ya no existe (no en mi Universo). Pensé que me había equivocado al elegirlo, pero le di una oportunidad y seguí leyendo. Es la ventaja de los estilos tremendamente sencillos, tampoco cuesta avanzar en su lectura. La trama avanzaba rápido. La forma de terminar los capítulos, escritos en su día por entregas, favorecía la curiosidad. De pronto, estalla la guerra y ocurre la magia.

El contraste entre la crudeza de la guerra (que sólo se adivina) y la superficialidad de los personajes, el lenguaje sencillo, la trama avanzando, la curiosidad que te lleva de un capítulo a otro, y esa tremenda ternura que sólo nace de la belleza del amor, la vida y la muerte contada desde lo cotidiano.

Para los que os pique la curiosidad, mi recomendación de esta semana: “Los bienes de este mundo”, de Iréne Némirovsky.

Salud!

Hoy el mundo es un poco más feo y menos mágico

No conocí al hombre, pero admiré al escritor como los creyentes adoran a su Dios. Ya me gustaba leer -y escribir- cuando a los 12 años descubrí Cien Años de Soledad, pero creo que hasta entonces no comencé a amar la literatura.

Recuerdo la voz de mi madre explicándome el significado de las palabras más ajenas para mí, o los sentidos figurados de una literatura escrita para adultos. Quizás sin su ayuda no habría sido capaz de terminar de leer aquel libro fascinante, o de comprenderlo, al menos. Pero me gustaba leerlo con ella porque la lectura, como tantos placeres de este mundo, sabe mejor cuando se comparte.  Algunas noches lo leía en soledad y otras era su voz la que me transportaba a Macondo.

A través de sus páginas descubrí que al escribir se puede jugar con las palabras y los tiempos verbales como quien juega con canicas, haciéndolas chocar o dispersándolas. Pero, sobre todo, descubrí también que en la literatura, la fantasía, el amor, la magia y la crudeza pueden convivir en perfecta armonía, tal y como lo hacen en la vida.

Recuerdo cuando, muchos años después, fuimos a ver “El amor en los tiempos del cólera” en el cine. No me gustó especialmente, más allá de su banda sonora -exquisita- y sus paisajes -impresionantes, pero aún me estremezco al recordar aquella noche. Tampoco me entusiasmó la novela original, que Ella me dejó  para que la leyera, con la esperanza de que descubriera la belleza que Ella había visto en sus páginas. No la encontré, pero creo que me acerqué un poco más a su alma y la amé un poco más a Ella. Porque Ella, al igual que las novelas de García Márquez, es como la vida: cruda y tierna a la vez, capaz de creer en el Amor hasta en los tiempos del cólera.

Hoy el mundo es un poco más feo y menos mágico. Una parte de mi, la que tiene que ver con la inocencia y los descubrimientos, extrañamente, parece haberse ido con un hombre al que nunca llegué a conocer. Imagen

 

 

Amarre

Minientrada

– Tú no deberías de estar aquí. Ni siquiera se hubiera fijado en ti si yo no hubiera tenido que marcharme.

No respondí. Me limité a seguir haciendo mis cosas, como si lo que hubiera escuchado hubiera sido el rumor del viento, una lejana melodía que apenas llegaba entera a mis oídos. Podía llegar a entender su sorpresa, su orgullo herido, pero aquello no dejaba de ser una pataleta sin sentido. Llega un momento en el que hay que reconocer que se ha perdido, especialmente si hace ya tiempo que habías dejado de jugar.

Me giré al notar su presencia y sus ojos se clavaron en los míos un instante, en el que el mundo pareció congelarse a nuestro alrededor, antes de proseguir con las tareas de amarre. Creo que fue entonces cuando tuve la certeza de que todo lo que me había pasado antes en la vida había ocurrido para llevarme hasta allí.

Verdades Objetivas… un año después

Todo parece indicar que pronto abandonaremos Villa Golondrina. Toca ponerse a buscar un nuevo nido. La siguiente pregunta sería ¿Por dónde empezar a buscar? Y me he acordado de algo que escribí hace poco más de un año… y que no llegué a publicar. Quizás porque el momento de hacerlo era éste.

“Las verdades objetivas tienen la contundencia de los datos, de los números. A la persona “A” le ha subido la tensión de 10 a 15; el metro cuadrado vale más en Mairena que en Coria; tener perro implica un gasto económico y muchas molestias. Si hay algo que no se le puede rebatir a una verdad objetiva es su veracidad. ¿ Por qué no nos movemos entonces por la vida sólo consultando las verdades objetivas?.

¿ Por qué hay –o debería haber- un profesional de la salud detrás de un tensiómetro?. ¿ Por qué hay personas que viven no en Coria, sino en pueblos mucho más alejados de la ciudad ?. ¿ Son todos pobres o tontos ?.  ¿ Por qué hay cada vez más personas con perro ?. Porque son tontas, está claro, podríais aventurar.

O quizás porque las verdades objetivas, con toda su objetividad y su certeza, son parciales, y sólo muestran una pequeña parte de la realidad.

No voy a hacer una apología de Coria. Es un pueblo suburbial de la Andalucía profunda, donde si giras en la esquina equivocada atraviesas otra dimensión y apareces en un lugar donde presientes que si permaneces el tiempo suficiente  alguien se acercará a ti para robarte o para venderte droga. Y esas son las cosas que hacen que el suelo valga menos que en otros pueblos. Eso, y los 20 minutos que la separan de la capital, y que no tiene metro ni tren de cercanías. Eso son verdades objetivas.

Después están los detalles.

Me gusta escuchar los pájaros que anidan en el hueco de la salida del termo mientras preparo el café. Me hacen agradable los primeros momentos de la mañana. No pierdo la esperanza de que algún día alguna cría despistada se equivoque y en vez de salir para la calle se caiga de pronto en lo alto del termo.

A veces veo a las golondrinas volando, entrando y saliendo de sus nidos en los edificios de enfrente, y recuerdo cómo las miraba con los catalejos cuando era niña, y sonrío. Como sonrío cuando por la noche, al sacar al Hugo, miro hacia arriba y veo las estrellas brillando en el cielo. Eso no podía hacerlo en el centro de Sevilla.

En esas noches, especialmente en las de verano, me gusta respirar el aire, aún puro, con cierto olor a campo, que se respira al bajar la calle y llegar “al descampa’o”.

Tener un perro puede ser un coñazo, pero a mí me compensa. Con creces. Me compensó cuando me marché a vivir sola por primera vez y con el Hugo en el dormitorio, que ladraba ante los ruidos extraños, me sentía protegida por las noches. Me compensó al hacerme compañía cuando estaba en casa, cuando jugaba con él o cuando aprendía una cosa nueva. Me compensó cuando, tras una ruptura sentimental, me obligaba a salir de la cama por las mañanas para sacarlo, a vestirme y asearme en vez de quedarme bajo la almohada como me pedía el cuerpo. Me compensó en la época más estresante de mi vida, cuando me obligaba a desconectar y a estirar las piernas al menos tres veces al día. Me compensa cada vez que lo veo durmiendo tranquilo en su camita, cada vez que se acerca a mí para pedirme algo, cuando él me entiende o yo lo entiendo a  él, o cada vez que me acuerdo de lo cerca que estuve de darlo en un par de ocasiones y de que fue Ella la persona que me frenó y  me enseñó que los perros falderos no se devuelven.

Trabajo, estudio y paso una parte importante del día dentro del piso, normalmente  en el salón, donde está entrando el calor y la luz directa del sol durante casi todo el día. En el dormitorio, a la hora de la siesta en invierno y primavera, los rayos del Sol llegan hasta la cama.

Bajo a Sevilla como mucho tres veces por semana (en determinadas épocas, como ahora, un poco más, es cierto), y normalmente una de ellas, la que es únicamente por placer, vuelvo fuera de los horarios del metro.

No sé dónde viviré en un futuro. La vida da muchas vueltas y tiene por costumbre imponer sus propias condiciones. Pero si tengo ocasión de elegir, me gustaría que fuera en un lugar como este:

Cerca de la Naturaleza (el Sol, los pájaros, el aire, las estrellas) y de la civilización (bares, tiendas, comercios) al mismo tiempo. Cerca de los míos, donde se pueda aparcar (en la puerta o en el parking, y coger el coche con facilidad (ahora estoy a 30 segundos de la autovía que va a Sevilla).

Si además puedo tener todo eso en una sola planta, sin vecinos arriba ni a los lados, una piscina para mi sola, una chimenea y un pequeño terreno donde plantar mis patatas y tener mis gallinas, entonces será mi casa ideal. Mientras tanto, sí, virgencita, virgencita, que me quede como estoy. A ser posible, pagando un poco menos, y/o invirtiendo lo que pagamos”

Fin de la cita.

Un año después, la vida ha sacado una nueva ronda de cartas, y pronto nos tocará jugar a nosotras.