Verdades Objetivas… un año después

Todo parece indicar que pronto abandonaremos Villa Golondrina. Toca ponerse a buscar un nuevo nido. La siguiente pregunta sería ¿Por dónde empezar a buscar? Y me he acordado de algo que escribí hace poco más de un año… y que no llegué a publicar. Quizás porque el momento de hacerlo era éste.

“Las verdades objetivas tienen la contundencia de los datos, de los números. A la persona “A” le ha subido la tensión de 10 a 15; el metro cuadrado vale más en Mairena que en Coria; tener perro implica un gasto económico y muchas molestias. Si hay algo que no se le puede rebatir a una verdad objetiva es su veracidad. ¿ Por qué no nos movemos entonces por la vida sólo consultando las verdades objetivas?.

¿ Por qué hay –o debería haber- un profesional de la salud detrás de un tensiómetro?. ¿ Por qué hay personas que viven no en Coria, sino en pueblos mucho más alejados de la ciudad ?. ¿ Son todos pobres o tontos ?.  ¿ Por qué hay cada vez más personas con perro ?. Porque son tontas, está claro, podríais aventurar.

O quizás porque las verdades objetivas, con toda su objetividad y su certeza, son parciales, y sólo muestran una pequeña parte de la realidad.

No voy a hacer una apología de Coria. Es un pueblo suburbial de la Andalucía profunda, donde si giras en la esquina equivocada atraviesas otra dimensión y apareces en un lugar donde presientes que si permaneces el tiempo suficiente  alguien se acercará a ti para robarte o para venderte droga. Y esas son las cosas que hacen que el suelo valga menos que en otros pueblos. Eso, y los 20 minutos que la separan de la capital, y que no tiene metro ni tren de cercanías. Eso son verdades objetivas.

Después están los detalles.

Me gusta escuchar los pájaros que anidan en el hueco de la salida del termo mientras preparo el café. Me hacen agradable los primeros momentos de la mañana. No pierdo la esperanza de que algún día alguna cría despistada se equivoque y en vez de salir para la calle se caiga de pronto en lo alto del termo.

A veces veo a las golondrinas volando, entrando y saliendo de sus nidos en los edificios de enfrente, y recuerdo cómo las miraba con los catalejos cuando era niña, y sonrío. Como sonrío cuando por la noche, al sacar al Hugo, miro hacia arriba y veo las estrellas brillando en el cielo. Eso no podía hacerlo en el centro de Sevilla.

En esas noches, especialmente en las de verano, me gusta respirar el aire, aún puro, con cierto olor a campo, que se respira al bajar la calle y llegar “al descampa’o”.

Tener un perro puede ser un coñazo, pero a mí me compensa. Con creces. Me compensó cuando me marché a vivir sola por primera vez y con el Hugo en el dormitorio, que ladraba ante los ruidos extraños, me sentía protegida por las noches. Me compensó al hacerme compañía cuando estaba en casa, cuando jugaba con él o cuando aprendía una cosa nueva. Me compensó cuando, tras una ruptura sentimental, me obligaba a salir de la cama por las mañanas para sacarlo, a vestirme y asearme en vez de quedarme bajo la almohada como me pedía el cuerpo. Me compensó en la época más estresante de mi vida, cuando me obligaba a desconectar y a estirar las piernas al menos tres veces al día. Me compensa cada vez que lo veo durmiendo tranquilo en su camita, cada vez que se acerca a mí para pedirme algo, cuando él me entiende o yo lo entiendo a  él, o cada vez que me acuerdo de lo cerca que estuve de darlo en un par de ocasiones y de que fue Ella la persona que me frenó y  me enseñó que los perros falderos no se devuelven.

Trabajo, estudio y paso una parte importante del día dentro del piso, normalmente  en el salón, donde está entrando el calor y la luz directa del sol durante casi todo el día. En el dormitorio, a la hora de la siesta en invierno y primavera, los rayos del Sol llegan hasta la cama.

Bajo a Sevilla como mucho tres veces por semana (en determinadas épocas, como ahora, un poco más, es cierto), y normalmente una de ellas, la que es únicamente por placer, vuelvo fuera de los horarios del metro.

No sé dónde viviré en un futuro. La vida da muchas vueltas y tiene por costumbre imponer sus propias condiciones. Pero si tengo ocasión de elegir, me gustaría que fuera en un lugar como este:

Cerca de la Naturaleza (el Sol, los pájaros, el aire, las estrellas) y de la civilización (bares, tiendas, comercios) al mismo tiempo. Cerca de los míos, donde se pueda aparcar (en la puerta o en el parking, y coger el coche con facilidad (ahora estoy a 30 segundos de la autovía que va a Sevilla).

Si además puedo tener todo eso en una sola planta, sin vecinos arriba ni a los lados, una piscina para mi sola, una chimenea y un pequeño terreno donde plantar mis patatas y tener mis gallinas, entonces será mi casa ideal. Mientras tanto, sí, virgencita, virgencita, que me quede como estoy. A ser posible, pagando un poco menos, y/o invirtiendo lo que pagamos”

Fin de la cita.

Un año después, la vida ha sacado una nueva ronda de cartas, y pronto nos tocará jugar a nosotras. 

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