Good news

Inmersa como estaba en una tormenta en medio del mar, luchando por esquivar las olas y no dejarme arrastrar por la corriente, había olvidado lo bien que sienta escuchar una buena noticia. Cómo reconforta sentir de nuevo una suave brisa en la cara.

Brindo por la vida, que hoy nos sonríe un poco más.

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K.O.

No tengo fuerzas ni para devolver el golpe. Aturdida, cansada de correr buscando una salida mientras las puertas se cierran a mi paso. Ni siquiera me alcanza la energía para encadenar palabras. Miro al escalar que aún vive tras la matanza como si su sola existencia pudiera infundirme ánimos. No lo consigue. Al contrario, me hace presagiar otra mala noticia.

Sólo un milagro podría sacarnos de esta espiral que cada vez gira más rápido y nos adentra un poco más en el vacío. La última vez que necesité un milagro, sencillamente ocurrió. Presiento que ya tengo el cupo cubierto hasta mi otra vida.

¿En qué podría reencarnarme en mi próxima vida? Doy por hecho que de avanzar en el karma y cumplir misiones en esta vida, poco, así que más bien tendría que mirar hacia abajo en la cadena animal. ¿Hay algún bicho en el que no me importaría convertirme?.

Uhmm ¡ya lo tengo! En una mosquita Anópheles que fuera directa al cuello de aquellos que desde el 2 de abril de 2014 me han engañado, mentido, extorsionado, y de aquellos que con su inoperancia y desidia en su trabajo han contribuido a que los mafiosos estafadores se salgan con la suya y a que dos ciudadanas humildes nos convirtamos en nuevas víctimas de un sistema podrido diseñado a medida de los poderosos y los tramposos. Sí, eso pondría algo de justicia en este despropósito.

Superviviente

Hace un par de días ocurrió un accidente. El mecanismo que regula el termómetro del calentador del acuario debió de fallar, y en vez de parar al llegar a la temperatura adecuada (27 grados), siguió calentando el agua indefinidamente. A esa conclusión llegué al descubrir de pronto a todos los peces flotando en el acuario y al acercarme y notar el calor que despedía el cristal. Al meter la mano en el agua y quemarme la sospecha se confirmó, para mi espanto. En ese instante sentí una especie de remordimientos propios de un asesino en serie, si no fuera porque los asesinos en serie no tienen remordimientos. O eso dicen.

Tardé unos instantes en reaccionar, y la reacción  fue desenchufar el aparato -todos- y buscar algún lugar donde rescatar a los posibles supervivientes de la catástrofe. Parecía mentira que algún ser vivo pudiera sobrevivir a semejante cocción, pero había dos peces que, con dificultad, aún se movían. Y ante la evidencia de la fuerza de la vida, la lógica, sobra.

Uno de ellos murió horas más tarde. El otro se encuentra en estos momentos vagando por la inmensidad de un acuario vacío, aparentemente recuperado. Está solo en un acuario de 120 litros a medio desmantelar, sin termostato, sin filtro, sin adornos y con el agua por la mitad, porque convencida de que era el final para todos, aún compungida por lo sucedido, comencé a vaciarlo de inmediato.

No sé si sobrevivirá a la mudanza y podrá inaugurar el nuevo hogar que monte para los peces en la otra casa, no ha vuelto a comer y la falta de apetito es un síntoma preocupante hasta en los peces. Pero su sola presencia, nadando entre las ruinas de lo que hasta hace poco era un acuario floreciente de plantas y peces de colores, se me antoja un símbolo de resistencia digno de admirar.

Feliz domingo.

 

 

 

 

Leaving

Creo que hasta hoy no sentí pena. No había lugar para la pena en la batalla. Tampoco en los sueños.

Hoy cuesta no sentir pena al levantar la mirada y ver muebles vacíos, cajas que ocultan los recuerdos y la cotidianidad de los días.

Quizás, más que lo que se deja atrás, duele lo que se lleva, esa desagradable sensación  de ver la vida metida en cajas de cartón, como si la vida que vivimos no fuera inmensa e inabarcable, como si todas nuestras cosas, las que usamos en nuestro día a día y las que atesoramos con dedicado empeño, no fueran más que objetos que pueden olvidarse.

Quizás es eso lo más temible de las mudanzas: ni las molestias de cargar y descargar, ni la meticulosidad de volver a organizar, creo que su poder reside en que te hacen enfrentarte a lo insignificante de nuestras vidas materialistas, al dilema de tener que decidir lo que tiras, lo que regalas y lo que seguirás atesorando, como si no hubieras descubierto ya que no necesitas nada, que la vida no es eso.

Pero en el teatro es importante que cada uno siga su papel, porque si no corres el riesgo de descubrir en mitad de la obra que no sabes quién eres. Así que embalas y vas organizando lo mejor que puedes otro montón de cajas que aguardarán silenciosas hasta el día de la mudanza.

Dentro de una semana quizás ya no estemos aquí y mientras la vida se prepara para girar en el próximo recodo, yo sólo puedo pensar en las golondrinas que no volveré a escuchar trasteando por tubo del termo mientras preparo el café por las mañanas.

Gaza tonight

Supongo que el optimismo no consiste en permanecer incrédulos ante la crueldad del mundo, sino en confiar en que el algún momento la humanidad vaya hacia adelante en vez de hacia atrás.

“¿Cómo es posible que después de lo que ellos sufrieron estén haciendo lo mismo al pueblo palestino?”, se preguntan algunos, incrédulos ante lo que ven sus ojos en los telediarios.

Yo recuerdo el dicho “Nunca pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió“, qué maravilla que el refranero popular tenga salidas para todo. Aunque en realidad lo que pienso es que el ser humano es básicamente el mismo, y la raza, la religión, incluso la cultura, aportan pequeños matices, insignificantes e insuficientes para explicar el comportamiento, por mucho que nos gustaría darle la exclusividad de la barbarie a los nazis, a los terroristas o los psicópatas.

El ser humano es capaz de las mayores atrocidades y de los actos más heroicos. Necesita su egoísmo para sobrevivir como individuo y su solidaridad para perdurar como especie. Y lo que inclina la balanza, a nuestro pesar, rara vez es la singularidad de nuestra personalidad o nuestro sistema moral. Depende mucho más del contexto. Salvo muy honrosas excepciones, bastante desadaptativas por otro lado, la mayor parte de nosotros, ante ciertas circunstancias, respondemos de la misma forma (haciendo daño, torturando, o lo que toque). Los experimentos de Milgram demostraron la universalidad del efecto de autoridad, que es sólo uno de los factores implicados en ese tipo de actos.

Hoy es el ejército israelí, en Gaza, el que está masacrando a la población civil. Y a muchas personas nos parece especialmente espeluznante por el desequilibrio de fuerzas, por la desproporción de la violencia y por la injusticia de pagar con generaciones de sufrimiento el pecado de haber nacido en la tierra equivocada.

Es un genocidio, sin duda, pero la guerra, cualquier otra guerra, no es mucho más justa, ni siquiera un poco más amable. Por las víctimas de este genocidio, y de todas las guerras, va esta entrada y esta canción (mirad la fecha), y con ellas, la esperanza de que pronto podamos tomar impulso desde lo más profundo de nuestra vergüenza y avancemos hacia una especie más evolucionada, que al menos no se extermine a sí misma: