Leaving

Creo que hasta hoy no sentí pena. No había lugar para la pena en la batalla. Tampoco en los sueños.

Hoy cuesta no sentir pena al levantar la mirada y ver muebles vacíos, cajas que ocultan los recuerdos y la cotidianidad de los días.

Quizás, más que lo que se deja atrás, duele lo que se lleva, esa desagradable sensación  de ver la vida metida en cajas de cartón, como si la vida que vivimos no fuera inmensa e inabarcable, como si todas nuestras cosas, las que usamos en nuestro día a día y las que atesoramos con dedicado empeño, no fueran más que objetos que pueden olvidarse.

Quizás es eso lo más temible de las mudanzas: ni las molestias de cargar y descargar, ni la meticulosidad de volver a organizar, creo que su poder reside en que te hacen enfrentarte a lo insignificante de nuestras vidas materialistas, al dilema de tener que decidir lo que tiras, lo que regalas y lo que seguirás atesorando, como si no hubieras descubierto ya que no necesitas nada, que la vida no es eso.

Pero en el teatro es importante que cada uno siga su papel, porque si no corres el riesgo de descubrir en mitad de la obra que no sabes quién eres. Así que embalas y vas organizando lo mejor que puedes otro montón de cajas que aguardarán silenciosas hasta el día de la mudanza.

Dentro de una semana quizás ya no estemos aquí y mientras la vida se prepara para girar en el próximo recodo, yo sólo puedo pensar en las golondrinas que no volveré a escuchar trasteando por tubo del termo mientras preparo el café por las mañanas.

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