Aterrizando

Aún con el jet lag, tratando de identificar los sonidos que nos rodean, me alegra comprobar, con sorpresa, que la mayoría son de animales -no humanos-. 

El primero que te da los buenos días es un gallo que se pone la alarma a la misma hora que yo y le hace la competencia al móvil para ver quién consigue, a base de insistencia, arrancarme de la cama. 

El otro día vi una colorida ave dando saltos por el jardín. Intenté sacarle una fotografía pero Hugo se me adelantó y la espantó. Buscándola después por Internet he descubierto que se trataba de una abubilla. Os dejo una imagen:

abubilla

Por las noches se escucha algo que parece un burro resfriado. Aún no sabemos exactamente de dónde procede ni quién lo emite, pero teniendo en cuenta que un vecino de Villa Golondrina traficaba con animales exóticos, y que el otro día presencié una emboscada a dos caballos frente a la casa, tampoco nos iba a extrañar que un burro durmiera en las cercanías.

El espíritu que nos visitó la primera noche no se ha vuelto a manifestar. Imaginamos que nuestra determinación de quedarnos “pase lo que pase” ha podido hacerle reflexionar sobre la inconveniencia de empezar con mal pie con sus compañeras de Villa. 

Las malas experiencias acumuladas con pintores, transportistas, montadores y “ores” en general, me está haciendo replantearme la opción de hacer algún curso avanzado de bricomanía para torpes y convertirme en una mujer libre.

Por lo demás, Hugo está feliz, subiendo y bajando las escaleras. Ha sido un palo darnos cuenta de que el jardín, tal como está ahora, más que un desahogo para él es una trampa mortal, ya que lo pisa dos segundos y aparece cojeando y minado de pinchos, pero lo arreglaremos. Mientras tanto parece que el aire libre le sienta bien. Lo único que no conseguimos explicarnos es el afán por subirse al coche (al mío, al de mis padres, al de alguien conocido) que le ha invadido. No sabemos si extraña los paseos o es que espera el momento de volver a casa. 

El pez que sobrevivió a Hiroshima, contra todo pronóstico, sigue vivo, ahora en un tuper, compartiendo habitáculo con un botia (pez popular, entre otras cosas, por comer caracoles) que le llevé cuando los caracoles empezaron a invadir los restos del acuario. Tengo muchas ganas de darle un nuevo hogar, aunque, más allá de no haber tenido salón hasta ayer, el acondicionamiento de un acuario nuevo lleva su tiempo. Esperemos que los dioses le sigan favoreciendo. Aunque lo mismo cualquier día se presenta en mi estudio y me da un par de aletazos. 

Seguimos sin termo, aunque en breve llamaremos al casero para recordarle que no está bonito dejar a las inquilinas sin agua caliente, menos ahora que parece que ha llegado el otoño con ganas de quedarse. 

Ya quedan pocas cajas por abrir, aunque van quedando las cosas más complicadas de ubicar. La pena es que ya hoy vuelvo al cole y no podré pasarme el día organizando el espacio. Por cierto, se me echa la hora encima!!!!!

Buena semana!

 

 

 

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