Sed

A veces ni me acuerdo de que existes. A veces pareces tan lejana, como si aquel camino que inicié a los 18 años hubiera supuesto una sentencia de separación eterna y ya sólo pudiera verte en sueños.

Hasta que despierto en mitad de la noche, o miro el cielo estrellado, o tu imagen me asalta de pronto, en cualquier lugar, como si no hubiera hecho otra cosa que estar esperando el momento de sorprenderme. Sin previo aviso, nace dentro de mi una sed que lejos de apagarse va haciéndose cada vez más poderosa, hasta que se hace dueña de mis actos y me arrastra, inexorablemente, hasta ti.

Entonces nuestras miradas se cruzan de nuevo y comprendo que la ilusión no fue creerte mía, sino pensar que algún día podría olvidarte, como si no formaras ya parte de mi. Olvidaré nombres, rostros y calles. Olvidaré quizás quién fui, pero mientras me quede un soplo de vida dentro de este cuerpo, sé que seguirás ahí.

Nunca te juré amor eterno. Ni tú me lo pediste. De sobras sabías que sería tuya para siempre, que esta sed que me invade hoy habría de acompañarme allá donde me llevaran mis pasos, especialmente, si me alejaban de ti.

Podemos escapar de muchas cosas. Pero no de lo que somos.

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