Pequeños pedazos de cielo

Uno de mis pequeños placeres de la vida es descubrir algo nuevo. Es pequeño por lo humilde, por lo accesible, porque es algo que puedo disfrutar a solas, aunque luego guste de compartirlo.

A veces es una canción o una serie nueva, pero lo que más me emociona es encontrar un buen escrito, que me haga reflexionar, me emocione o me asome a un horizonte más lejano que el que ven mis ojos.

Hoy ha sido un  artículo de Rosa Montero el que me ha regalado una nueva mirada, que me ha hecho volver a admirarla como periodista, como escritora y quizás, sobre todo, como persona, y que, al mismo tiempo, ha renovado en mi las ganas de seguir aprendiendo y escribiendo.

La escritura es para mi como esa amante con la que no podemos enfadarnos, pero con la que a veces simulamos reñir, sólo para poder saborear una dulce reconciliación.

Son esos pequeños ratos en los que puedo dedicarme a leer, a investigar y a idolatrar a algún desconocido los que me dan fuerzas para seguir navegando entre fuertes corrientes, alimentando mis esperanzas de llegar algún día a buen puerto. O al menos, de no naufragar durante la travesía.

Son pequeños porque como las ilusiones, se desvanecen al contacto con la realidad, pero tienen la grandeza de los sueños, aquella que nos hace mirar más allá, y sobre todo, porque son nuestros y nadie nos los podrá arrebatar.

Para los que tengáis curiosidad, os dejo el enlace al artículo de Rosa Montero.

Mi regalo

No ha sido una buena semana para la justicia ni para el buen gusto.

Con el mundo occidental aún conmocionado por los atentados de París, mucho más cerca de aquí se mascaba otra tragedia, más pequeña, menos mediática, más cotidiana. Que sea la crónica de un desastre anunciado no la hace más dulce, del mismo modo que la larga enfermedad de un ser querido no hace su partida  menos dolorosa. Tan sólo, en el mejor de los casos, nos quede junto a su ausencia y nuestra tristeza, cierta sensación de alivio.

“Lost in USA and loser in Spain” (perdido en Estados Unidos y perdedor en España) resumía Pablo Iglesias la situación de Pedro Sánchez con un hábil juego de palabras y una metáfora que dio mucho de sí en el acto del pasado sábado en Sevilla.

Quién es el perdedor en esta batalla. Otra respuesta obvia. Siempre pierden los mismos en las guerras: los niños.

Los adultos no es que ganen, pero al menos tienen capacidad de decisión y llevan en lo que les sucede su parte de penitencia por los pecados cometidos.

Los adultos eligen a sus parejas. Pueden acertar más o menos, o equivocarse estrepitosamente, pero sigue siendo su elección y su responsabilidad deshacer los desaguisados de un mal paso.

Los padres educan a sus hijos. Con más o menos tino, pero conforme a lo que creen y a lo que dan de sí sus habilidades.

En cualquier caso, son libres de atacar o huir, de luchar o rendirse. De mantenerse fieles a sus principios o ceder a las tentaciones. De exhibir su mal gusto o disimularlo.

Los únicos que ni pinchan ni cortan son los bebés que vienen a nacer a una familia o a otra. En un remanso de paz o en medio de un conflicto bélico.

Esta entrada va dedicada a uno de esos bebés, menos afortunado, no porque llegara al mundo cuando sus padres ya se habían separado, sino porque nunca debieron de juntarse.

En un par de horas estaré en un seminario estatal de resiliencia, que es un constructo psicológico que se emplea para hacer referencia a la capacidad de las personas de salir adelante, sanas, desarrollando su potencial, a pesar de la adversidad que las rodea. La resiliencia es un bien escaso, por eso quizás se la busca con tanto afán. Es la responsable de ese 15% que se escapa de la estadística, del éxito contra todo pronóstico, de la esperanza en el género humano.

No sé si el bebé al que dedico estas líneas pertenecerá a ese 15% de afortunados que se ríen de los factores de riesgo. Pero en cualquier caso, va a necesitar mucho sentido del humor o muy poca vergüenza para sobrellevar su suerte.

Se me vienen a la mente imágenes de hadas madrinas haciendo su regalo de nacimiento a la princesa protagonista del cuento. Mi regalo va con retraso, pero ojalá puedas recibirlo.

Te regalo la suerte de una persona que se preocupe, sobre todas las cosas, por tu bienestar. Te regalo el privilegio de ser querida, no por lo que logres en la vida, sino sólo por ser quién eres. Te regalo un amor comprensivo, una mirada cómplice y el abrazo para los malos momentos.

Mi regalo, mi deseo, es que la vida no te separe de su luz.