Identidad Robada

Antes una mujer aspiraba a ser una buena esposa, una buena madre, una señora de su casa. Tenía dos logros evolutivos importantes que marcaban su entrada en la madurez y su éxito social: encontrar un marido, a ser posible, bueno, y después, tener hijos, a ser posible, igualmente buenos. En un momento dado, un marido muy bueno podía compensar unos hijos desastrosos; y viceversa.

Se acabó. No había más. ¿Reducido?, tal vez, pero también mucho más sencillo y menos psicótico que nuestra realidad actual.

Si antes (aún ahora) la neurosis campaba a sus anchas entre las mujeres, ahora es la psicosis la que se distribuye a partes iguales entre hombres y mujeres.

Ahora las mujeres seguimos teniendo la misma presión social por encontrar una pareja y formar una familia. Vale, las reglas se han flexibilizado un poco: se te permite no casarte, cambiar de pareja de vez en cuando (tampoco mucho, no vaya a ser que no sientes la cabeza) y, en el mejor de los casos, incluso se puede pasar por alto que tu pareja sea de tu mismo sexo. También con los niños la sociedad ha levantado un poco la mano: no hace falta que sean biológicos, los puedes adoptar, pueden haber nacido en otros países, ser de otras etnias, o te puedes inseminar.

Pero la esencia sigue ahí, imperturbable: encuentra pareja, forma una familia.

Sería fantástico si se quedara ahí la cosa. Pero el juego se complica cuando a los imperativos de género clásicos se le suman los “modernos”. Encuentra pareja, claro, forma una familia, por supuesto, pero al mismo tiempo tienes que ser autónoma e independiente, tienes que realizarte a nivel profesional. Tienes que dedicar tiempo a tus hijos, y a tu pareja. Tienes que ganar tu propio dinero. Tienes que tener tu casa limpia y ordenada. Tienes que tener una vida social si no intensa, al menos, divertida. Tienes que mantener tu cuerpo y tu mente activos. Y todo esto sin despeinarte, sin perder tu feminidad y por supuesto, sin envejecer.

Sólo con esos ingredientes ya parecería un logro titánico, al alcance de muy pocos, mantener la cordura. Pero para volvernos locos de verdad, nos faltaba dar un paso más. El paro y la precariedad laboral son la sal y la pimienta que culminan nuestro cocktail.

Mientras los imperativos sociales se multiplican, las posibilidades de lograr cualquiera de ellos se alejan cada vez más de nuestro horizonte.

Realizarse profesionalmente estando en el paro es complicado. Las parejas nunca antes en la historia han sido tan inestables. Formar una familia con sueldos precarios más que un reto parece una misión imposible.

Así la “adultez emergente” esa transición entre la adolescencia y la adultez madura, se prolonga cada vez más años, ante la imposibilidad más o menos generalizada de conseguir los logros evolutivos típicos de la adultez, por más lejos que nos haya quedado el acné y la eclosión hormonal.

Muy fácilmente te plantas en los 40, como diría mi madre, “con todo el pescado por vender”: sin hijos, o enfrentándote a la maternidad por primera vez, sin trabajo, o explotada, haciendo algo que rara vez se parece a lo que has estudiado; sin pareja, o recién abandonada o recién estrenada, viviendo en casa de tus padres, en perpetuo  alquiler o, si te encuentras entre los más afortunados, con una hipoteca con más esperanza de vida que tú.

Y mientras tanto, tu identidad adulta queda en el horno sin terminar de cocerse. Un horno que parece estropeado, aunque algunos se afanen en echarle la culpa a la calidad de los ingredientes.

Pudiera parecer que nos han robado la identidad…

Pero conviene no dejarse llevar por las apariencias. Tiene su encanto llegar a los 40, en torno a la mitad de tu vida, con todo un mundo de posibilidades por delante. Aunque la situación económica no acompañe, que casi nunca lo hace, las compañías low cost y formas alternativas de viajar (bla, bla car, couch surfing) ponen al alcance de nuestra mano, de esa misma mano a la que no se le caen los anillos, que no luce alianza y que no sostiene todavía la manita de ningún crío, diversos destinos y formas de ocio. Nunca antes fue tan sencillo conocer el mundo que nos rodea. Y con un plus: el de permanecer, por más lejos que te vayas, si quieres, conectado al resto. Si quieres, lo compartes con los tuyos. Nunca antes fue tan difícil sentirse sola o aislada. Con la sombra del 15-M aún sobrevolando nuestras cabezas, resonando en los telediarios, la mayoría aún queremos cambiar el mundo en el que vivimos. Tener tantos sueños y esperanzas por delante a las puertas de los 40 mantiene nuestro espíritu joven.

El otro día me di cuenta de algo. Nunca antes estuve tan dedicada a la profesión que he estudiado: entrevistas, consulta, artículos, seminarios… cada vez la disfruto más y, sin embargo, curiosamente, cada vez me define menos.

No me define mi profesión, ni mi trabajo. Tampoco los hijos que aún no tengo. Me definen mis batallas y mis sueños. Las personas que me importan. A veces, también mis miedos.

En ese camino hacia la madurez, mientras perseguía la estela del Conejo Blanco, como ya le pasara a Alicia, he ido descubriendo y creando el mundo que me rodea. No es perfecto pero es mío… y no lo cambio por ninguno. Tiene mucho de lucha y compromiso y algo de arte. Tiene amor y amistad. Tiene peces de colores, perros neuróticos, jardines encantados, koalas y hasta unicornios que a veces se escapan pero que siempre terminan apareciendo.

Buen fin de semana.

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