Sacrificio

Hoy un señor al que hasta hace un par de días nadie -por aquí al menos- conocíamos, ha dimitido. La nueva política parece que se cobra más vidas que la antigua. El precio de la decencia, supongo.

Probablemente sea una buena persona y, quién sabe, incluso hasta un buen político. Pero ya lo decían los romanos, “no sólo hay que ser bueno, sino también parecerlo”. Y en este tiempo que nos ha tocado vivir, al son del ritmo trepidante de los tuits y los estados del wasap, pocas cosas más sencillas que parecer un capullo. Basta un simple click con el ratón o 140 caracteres para caer en las garras de cualquier pecado capital que nos aleje de lo políticamente correcto en cuestión de segundos, a lo largo y ancho de este planeta, para los siglos de los siglos, amén.

Probablemente sea un castigo desproporcionado. Probablemente lo que ha sucedido hoy tenga poco que ver con la justicia y mucho con el escarnio público.

Pero como castigo desproporcionado e injusto, me gusta. Me gusta que no se pasen por alto cierto tipo de comentarios.

Nunca me ha gustado el humor negro, no el que se hace sobre el dolor de los otros, al menos. Algunas personas tienen el espíritu tan elevado que aprenden a reírse de sus desgracias, incluso de las más duras. Pero reírse de las desgracias ajenas, con saña y sin permiso, se parece más a un acto de cobardía que de otra cosa.

Si se tratara de un ciudadano más, bastaría con no reírle la gracia. Pero se trata de una figura pública, una persona que nos representa y que ha de luchar por nuestros derechos, por la igualdad y por la libertad, se trata de un representante de la nueva política, esa que aún inspira confianza a muchas personas y que ha devuelto la esperanza a otras.

Y si se va a limitar a agarrarse al sillón, aunque al hacerlo le haga daño al partido, para eso no necesitamos nuevas caras. Si no asume las consecuencias, -sí, a veces desproporcionadas- de sus actos, entonces dará igual el nombre del partido al que represente.

Quizás haya sido un sacrificio injusto y desproporcionado, pero no será en vano. Su acto habrá servido, además de para alentar la sed del enemigo, por supuesto, para no perder una esperanza tan tambaleante como necesaria.

Lo único que lamento en este momento es que presiento que van a seguir cayendo muchas más víctimas de este lado que del antiguo. El precio de la decencia. Un precio muy alto, desde luego, mucho más alto que las miras a las que los políticos nos tienen acostumbrados por aquí.

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