The wall

La pared avanzó un centímetro más. Él mantenía sus ojos puestos en la espada. Nunca le había parecido un arma tan afilada, ni tan brillante. Por primera vez en su vida, se preguntó si aquel sería su final. Siempre había dado por supuesto que la pared, llegada a cierta distancia, dejaría de moverse. O que la espada caería al suelo, sin más, como si no hubiera otro final posible.

Con la lucidez de quien despierta súbitamente de un sueño, comprendió que no se puede vencer al tiempo, ni siquiera él. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Y luego otras dos más. Y luego un caudal de sueños y esperanzas abandonaron sus ojos. Lloró durante siete días y medio.

Al octavo día, cuando ya sólo le quedaba una última lágrima por soltar, escuchó una voz que le hablaba desde el otro lado del muro:

– No tienes que parar la pared. Ni siquiera tienes que quitar la espada.

Él se esforzó por sonreír, quería agradecer las palabras de quien tan ingenuamente trataba de animarlo.

– No te miento, – prosiguió la voz, como si hubiera leído su pesimista pensamiento,- sólo necesitabas adelgazar un poco para poder escurrirte entre ambas. Con toda el agua salada que has perdido, seguro que ahora puedes escaparte por algún hueco.

“Ya es tarde para mi”, pensó Él, dejándose caer contra la pared. Entre las lágrimas había dejado ir también a su tesoro más preciado: la esperanza.

Cansado, triste y viejo, sin saber muy bien por qué, quizás porque tampoco tenía otra cosa que hacer, continuó haciendo lo único que había hecho toda su vida: luchar.

Sus golpes eran lentos y débiles. Convencido de su derrota, notó la última lágrima empañando su ojo: era la perseverancia.

Entonces, de pronto, su cuerpo se escurrió bajo el filo de la espada y se alejó un par de metros.

Vergoña

Estamos viviendo la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Desde lejos, como quien escucha soplar el viento tras las ventanas, o rugir las olas desde tierra.

Los refugiados se cuentan por miles cada día. Los cadáveres en el mediterráneo por cientos. Pero la vida humana no tiene el mismo valor en todos lados.

Organizaciones humanitarias y medios de comunicación alzan la voz. Europa, ahogada por sus propias políticas, poco a poco y de mala gana, comienza a destaparse los oídos. ¿Llegaremos a tiempo de salvar a tantas personas necesitadas y a nosotros mismos?

Más información:

El Mundo

Gotas de otoño

Me gustan el sol de invierno y las tormentas de verano. Me gustan los días grises de agosto, aunque eso suponga que disfrutaremos menos de la piscina. Pronto podremos venderla a cachitos, como hielo industrial para los bares.

Me gustan las noches de copas y las mañanas productivas, aunque rara vez puedan ir de la mano.

Creo que la vida adquiere más intensidad en los momentos de contraste, en esos primeros instantes en los que aún no hemos podido habituarnos.

Benditos contrastes.

Ella dice que soy la visión positiva de la vida. Puedo permitírmelo, para la negativa ya está Ella.

¿Equilibrio? No, solo contraste.

Como la luz, que solo brilla en la oscuridad, es en su mirada donde la mía cobra sentido.

Dios entre probetas

¿Es posible ser científico y creer en Dios?

El entrevistado, un reconocido académico de las letras y científico, responde con un respetuoso y prudente “No, pero sí” y en ese momento, inevitablemente, nace en mi mente la entrada de hoy.

Creo que debe de ser muy difícil, aunque no imposible, ser una persona religiosa, en el sentido literal del término -“que tiene religión, que la profesa con celo”, según la acepción de la RAE-, y ser científico. Las religiones tienen dogmas y los dogmas se llevan muy mal con el empirismo, base de la ciencia.

Sin embargo, la creencia de Dios, en sí misma, no está reñida con nada, salvo con el ateísmo.

Una creencia es una apuesta que hace nuestra intuición, a veces nuestra razón, a veces sólo nuestro corazón y que guía nuestra forma de pensar y de actuar en el mundo.

Pretender que un científico, sólo por el hecho de serlo -porque trate de encontrar nuevas respuestas y explicaciones a la realidad-, está exento de creencias, es altamente ingenuo.

No es sólo que el alma de los científicos no sea diferente a la de sus semejantes y pueda permanecer inmune a las “debilidades” que aquejan al resto de sus congéneres. Es que si hay algo que caracteriza la mente de un científico, además de su curiosidad, es precisamente la fuerza de sus creencias. Aquella que lo lleva a plantearse cuestiones que para el resto son certezas incuestionables o detalles irrelevantes.

Lo que resulta difícil compatibilizar son los “¿Y si?” y los “¿Por qué…?” con los fanatismos y los “porque-lo-dice-la-biblia/el-corán/la-torá”.

Pero creer en la existencia de un Dios, o de cientos, no es incompatible con tratar de descifrar las leyes que rigen nuestro Universo. Es, en todo caso, asumir con humildad que hay leyes cuyo origen quedan, al menos de momento, lejos de nuestro alcance.

¿No os parece?

Slowly

Hugo busca la pelota que ha dejado olvidada en algún rincón de la casa. Los escalares pugnan por dominar su nuevo territorio. La introducción de un filtro adicional ha alterado las corrientes del acuario y ahora tratan de restablecer el equilibrio.

La llegada de la piscina a la Nevera ha supuesto un plus de relax que aún estamos degustando. Hugo sigue manteniendo su autoimpuesta orden de alejamiento del agua, a más de 100 metros de distancia, lo cual, a efectos prácticos, se traduce en que no saca el hocico al jardín si alguien está fuera, por si acaso.

Arreglo las plantas, ordeno el estudio, la ropa de otras temporadas, relleno los marcos con fotos, cocino y me dejo llevar por el ritmo suave ritmo del verano, que toca ya sus últimos acordes.

Ya se vislumbra a Septiembre tomando la esquina de la calle. Este año, como casi todos, se adivina intenso. Quizás más intenso que nunca. Seguramente por eso estos días de sosiego desprenden ese aroma tan agradable.

Ver cómo septiembre asoma la patita

Chrysalis

Lo bueno de pasar por malos momentos es que sabes distinguirlos.

Una vez estuve perdida. No sabía a dónde ir, ni con quién, ni cómo. Tuve que irme muy lejos para darme cuenta de que quería volver, tuve que alejarme de la persona que quería para descubrir que la quería y vivir momentos difíciles para ver las cosas con ojos más sabios.

Aquel viaje, más breve de lo previsto, desde fuera, sonaba a equivocación y a derrota.

Para mi, fue una de las decisiones más acertadas que he tomado jamás. No fueron días fáciles, pero cuánto me enseñaron. Me fui con sueños y volví con certezas y cinco objetivos que serían mi Norte a partir de entonces y que habrían de guiar mis pasos hasta donde ahora me encuentro.

A punto de cumplir el último, nuevos horizontes se vislumbran ante nosotros. Quizás sea el momento de girar el timón, sin embargo, no me siento perdida. Aunque dude sobre el camino a tomar, a diferencia de entonces, sé quién soy, sé quiénes son amigos de verdad, lo que quiero y con quién. Lo que aprendí entonces sigue guiando mis pasos.

No es una vuelta atrás, ni siquiera un cambio de rumbo. Es el fin anticipado e inevitable de una etapa y el comienzo de otra.

Nadie sabe lo que nos deparará el mañana. Del ayer, me quedo con lo bailado y con lo aprendido en los momentos difíciles. Y hoy… como dijo J. Leeds, hoy estamos vivos y es lo único que necesitamos para empezar.

Cigüeñas

El test de fertilidad que circula por Facebook dice que a partir del mes que viene tendré un 52% de probabilidad de quedarme embarazada. Algo más de una probabilidad entre dos. No está mal, teniendo en cuenta que hasta ahora no he puesto mucho de mi parte para que suceda. Igual mañana cuando vaya a salir a la calle me veo a la cigüeña sobrevolando la Nevera.

Recomiendan, para mantener la probabilidad al 100% (que debe de ser el equivalente a tener un nido de cigüeña sobre tu tejado), congelar los óvulos.

Congelar los óvulos. Fantástica idea. Pena que quien la tuvo no cayera en la cuenta de que se dejaba al 95% de la madre fuera del congelador. Porque ya puestos, que al menos ofrecieran también congelar las energías, digo yo.

Y después de descongelar el 5% de madre en el microondas y de aplicar la receta correspondiente, si todo ha ido bien, 9 meses después, empiezan los problemas. Y entre todos los problemas a los que tendrás que hacer frente, un dilema casi ideológico irá creciendo hasta hacerse tan grande como el adolescente que algún día tendrás frente a ti: el de elegir entre hacer – aún más- raro a tu hijo, siguiendo tu sentido común, o contribuir a su normalización siguiendo la tiranía de la loca sociedad en la que vivimos.

Algo no va bien en una sociedad que va al gimnasio en coche para montar en una bicicleta estática” (Bill Nye)