Girando

Anoche mis neuronas empezaron a patinar en algún momento entre las 22:00 y las 23:00 horas. No me di cuenta. Mi cuerpo estaba igual de agotado pero la alegría del viernes y de una gran noticia recién recibida lo mantenían despierto.

Me costaba procesar los wasaps y hasta tuve que leer el correo anunciador de la buena nueva dos veces antes de comprender su contenido. Creo que me dio lugar de leer un par de relatos que hoy no recordaré, antes de caer rendida, embriagada de orgullo.

Mientras mi vida realiza su lento giro hacia no sé sabe muy bien dónde (nunca se sabe, realmente), el mundo se desdibuja y el ojo del huracán, lejos de permanecer inmóvil, se repliega sobre sí mismo.

El otro día, al salir de Isla Mágica (un regalo de cumpleaños de los que aún sigo disfrutando en diferido), de pronto, al salir del torno, se me vino flash de la multitud de noches que abandoné la Expo-92, y como si se hubiera descorchado el tapón de una botella que ni siquiera sabía que alguien guardaba en la bodega, una serie de imágenes se sucedieron en mi mente.

Mi primer concierto, y otros que le siguieron, el cansancio tras todo el día pateando la Isla de la Cartuja, que es parecido al cansancio de los guiris, muy diferente al cansancio tras todo un día de trabajo; mis ojos buscando el coche de mis padres que venía a buscarnos; la incertidumbre de no saber a dónde iríamos cuando acabara la Expo; todos los lugares que vinieron después. Las fiestas de la primavera, los World Dance Music, la fiesta de la Cadena 100…

Estoy en una fase rara. Esta crisis anticipada de los 40 tiene una forma curiosa de aferrarme al presente, haciéndome viajar gratis y sin previo aviso hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. Como si hubiera recibido la visita del fantasma del otoño y en vez de marcharse después hubiera decidido instalarse en casa. No se sabe hasta cuándo (nunca se sabe, realmente).

¿Será una segunda adolescencia? Bienvenida sea. Ella y todo lo que nos quede por vivir. Hoy es sábado, el mejor día de la semana. Dale al Play y sube el volumen.

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Quiero estar contigo

Aunque me incorpore un poco tarde a la polémica, no he podido dejar pasar la tentación de opinar acerca de si es mejor estar “soltera pero contigo” o “sólo contigo” o “soltera y punto“.

Vaya por delante que la carta de Isabelle Tessier me parece una declaración de intenciones bastante normal y me sigue pareciendo un misterio que haya tenido la repercusión mediática que ha tenido y que aún siga coleando en las redes sociales. Debe ser que aún nos queda mucho por avanzar como sociedad y semejante reactividad obedece a la falta de tolerancia hacia la forma de amar y de entender la vida de los otros. Como si cualquier variación de la supuesta norma constituyera una amenaza para nuestra forma de vida.

Desde el respeto absoluto a los modos ajenos de entender el amor y la felicidad en pareja y/o en soltería, comparto mi visión particular del asunto.

Para mi, en lo relativo al amor, el estado ideal es la pareja. Gracias a Dios y a lo poco de coherencia que aún me queda, porque si pensara que es la soltería tendría un pequeño problema de identidad, teniendo en cuenta que me he pasado 14 de los 15 últimos años de mi vida en pareja.

Dicho lo cual, llega el momento de incorporar los matices. Pareja sí, pero no a cualquier precio. Pareja sí, mientras merezca la pena. Y por supuesto, la soltería también tiene sus ventajas. Desde mi punto de vista, sólo dos y muy relacionadas, pero son claves.

La primera, la diversidad. Cuando estás soltera, puedes irte a la cama sola, irte cada noche con una persona distinta, o simplemente no irte a dormir. El misterio, la incertidumbre, la emoción y la aventura, pueden formar parte de tu vida en el momento en el que decides salir una noche o conocer a alguien. Y es ahí donde aparece para mi la segunda ventaja de la soltería, en las infinitas posibilidades que tienes todavía ante ti.

Normalmente la vida en pareja implica altas dosis de estabilidad y predictibilidad. Lo cual resulta al mismo tiempo un colchón de seguridad y un alambre de púas para nuestra salud mental.

Hay quien encuentra salidas intermedias a la disyuntiva, a través de la introducción de terceros en la relación, ya sea de manera consensuada con el otro o a sus espaldas. Hasta el momento, no ha sido mi caso.

Contemplado el precio de la exclusividad y de la certidumbre que conlleva el billete de la vida en pareja, para la que suscribe, todo lo demás, son ventajas. Claro que para eso es necesario haber hecho una buena elección y lo que resulta aún más importante, y desde luego mucho más difícil, mantener un cuidado mínimo pero constante del otro y de la relación.

Vivir en pareja no significa para mi renunciar a la individualidad o a la libertad. No quiero privarte de tus amigos, de tu familia, de tus aficiones. Tampoco yo renunciaré a las mías. No necesitaré saber en todo momento dónde estás, ni te diré siempre dónde estoy yo. No te diré la ropa que te tienes que poner o a quién tienes que mirar. Tampoco te haré caso si tú me lo dices a mi. No te impondré toque de queda cuando salgas sola ni dejaré que me lo impongas a mi.

No porque no me encante compartir el tiempo contigo o contártelo (casi) todo. No porque me de igual dónde estés o cómo mires a otras.

Simplemente porque por encima de todo, quiero que seas una persona libre y serlo yo. Quiero que sientas toda la libertad del mundo para ir a donde quieras o para mirar o tontear con quien quieras, y descubrir que cada día vuelves a casa y me eliges a mi. Me gusta saberme libre y besarte sólo a ti.

Porque no podemos saber qué pasará mañana, ni osaremos imponer promesas al futuro, entre tú y yo hay un pacto: hoy, quiero estar contigo.

Pero ese es nuestro pacto. Vale para nosotras y con eso basta. No es necesario exportarlo a ninguna otra relación. Ni siquiera es necesario que dure para siempre entre nosotras. Porque el amor es un misterio que cada cual entiende como quiere o como puede. Y, si somos afortunados, tendremos la oportunidad de vivirlo y construirlo junto a otra persona. Y como diría uno de los grandes mitos de la música española, lo que opinen los demás, está de más.

Singing in the sun

A veces las palabras recorren tu cuerpo como una exhalación y sientes la imperiosa necesidad de volcarlas sobre un papel. O sobre una pantalla. El dónde importa menos. Lo que resulta vital es poder expulsarlas, como si se tratara de un mal virus. Te invade la rabia, la incomprensión o la ira y el acto de escribir se convierte en una compulsión no más controlable que un vómito que te arrasa la garganta.

Otras veces las palabras se multiplican y se atropellan unas a otras en tu interior, mezclándose y confundiéndose con tus sentimientos. Entonces necesitas escribirlas para pensar con claridad o simplemente para saber lo que sientes. Cuando acabas los cristales de tus gafas están más limpios y tu piel tiene la frescura que deja una ducha reconfortante.

También sucede que cuando estás muy triste o muy decepcionada, escribes. Y con cada palabra que tecleas, el dolor va aliviándose, lenta pero progresivamente, como si estuvieras untando alguna crema antiinflamatoria sobre la herida. Si bien el daño no desaparece, normalmente queda reducido a una dosis tolerable.

Cuando estás enamorada o hasta las patas de hormonas, todo lo que escribes tiene un regusto a algodón de azúcar difícilmente tolerable para los que no se encuentran en sintonía con tu nivel de glucosa en sangre. Escribes poco, porque no quieres embadurnar a los demás con la pringue de tus caramelos, pero rara vez te resistes, porque en el fondo tu organismo tampoco tolera tanto rosa y necesita dejar salir al menos una parte.

Pero cuando estás simplemente feliz no quieres escribir. No quieres dejar escapar ni un ápice de lo que estás sintiendo. No quieres poner orden a nada, no quieres gritar a los vientos nada que se puedan llevar calle abajo. Es entonces cuando te guardas tus palabras para ti y usas las de otros.

Y cantas.

Feliz puente!

What if…?

¿Alguna vez te has preguntado “Qué hubiera sido de mi vida si…”?

Muchas personas, en su mayoría mujeres, enviaban sus historias a una sección de la revista Pronto que, titulada tan sugerentemente, daba rienda suelta a sus fantasías de vidas alternativas.

De adolescente leía fascinada historias truncadas por una mala elección, o cómo un cúmulo de casualidades hacían que una vida condenada a la desdicha se iluminara con la llegada de alguien especial.

A ratos novela rosa, a ratos drama ruso, todas las cartas tenían algo en común: un punto de inflexión a partir del cual la vida tomaba un camino y dejaba otro atrás.

La fuerza del destino en estado puro.

Años después, yo también comencé a fantasear con mi propio camino alternativo. Un camino no tomado que hubiera sido el principio de una vida muy distinta.

Y de tanto pensarlo, se convirtió en una idea fija, en mi arrepentimiento inconfesable.

Qué gustazo, después de tanto tiempo, darle una patada a aquella tarde y plegar las dimensiones del Universo.