Slowly

 

Una ventaja de caminar despacio es que puedes observar el mundo a tu alrededor. Puedes ver venir las Navidades desde lejos, sin que te sorprenda el primer escaparate que encuentres adornado, o el anuncio de la lotería por la TV.

Te permite saborear los detalles y deleitarte con los que más te gustan.

Otra ventaja, bastante paradógica, es que avanzas más rápido que cuando caminas deprisa, porque cuando caminas deprisa, el mundo entero se acelera contigo, incluido el tiempo. Y lejos de controlarlo, de doblegarlo, con nuestras prisas, lo alimentamos.

Sin embargo, cuando caminas despacio, el tiempo no tiene más remedio que reducir la marcha para ir a tu paso.

Ya está aquí un nuevo y flamante fin de semana, y a la vuelta de la esquina, un precioso puente.

Que lo disfruten… despacio!

Los mensajeros

Dicen que constituyen el cuarto poder.

Nos informan. Seleccionan lo que es importante y lo que no. Deciden los temas de conversación, las preocupaciones y los miedos de la gente.

Nos recuerdan los aniversarios que creen  que merece la pena no olvidar. Nos refrescan la memoria relacionando la actualidad de hoy con la de ayer.

Analizan la información política y económica, desgranándola y traduciendo mensajes vacíos o rimbombantes en conclusiones comprensibles. Descomponen las tramas de corrupción y los interminables procesos judiciales en capítulos que nos van sirviendo en pequeñas dosis, a ritmo de nuestro anquilosado sistema de injusticia.

Algunos, valientes, hacen entrevistas donde no cabe salirse por la tangente. Luchan a golpe de hemeroteca y de datos contra la mentira y la hipocresía de los gobernantes y de los aspirantes a serlo.

Otros, inquietos, buscan respuestas más allá de nuestras fronteras. Hacen reportajes que nos ayudan a comprender aquello que nunca se nos ocurrió preguntar, mostrándonos que hay otras formas de hacer las cosas.

Los más audaces, se desplazan a lugares donde la vida humana vale nada o muy poco, para contarnos que fuera suceden otras injusticias, otras víctimas, cuya voz nadie quiere escuchar. Son ellos los que nos hacen llegar historias que nunca hubiéramos querido conocer y, que a veces, con una imagen impactante, logran remover miles, millones de conciencias.

En su conjunto, por su cercanía directa con la información, sus contactos y los conocimientos que van acumulando, constituyen uno de los grupos que mejor conoce y comprende la realidad que nos rodea, mientras contribuye, en gran medida, a darle forma y significado.

El cuarto poder, aparentemente fuera del engranaje de las elecciones democráticas, y por tanto ajeno a la voluntad popular, pero  a la vez tan esclavo de las cifras de audiencia, visitas y ventas, medidas ahora minuto a minuto,  es, quizás, el más cercano al pueblo.

Hubo un tiempo en que me planteé, animada por mi familia, ser periodista. Otras inquietudes guiaron mi destino, y a día de hoy, continúan haciéndolo. Sin embargo, la simpatía que siempre he sentido por el gremio, lejos de desvanecerse, con el paso del tiempo, se ha ido transformando en una profunda admiración, salpicada, a ratos, por grandes dosis de agradecimiento.

Éste es uno de esos ratos. A todos los que nos ayudan a ver algo más allá de nuestro horizonte. Va por ellos.

 

Círculos malditos

La noche del viernes el terrorismo asestó un duro golpe en París. El fanatismo, la sinrazón y el odio de los que creen que nada tienen que perder, atacó en el corazón de Europa, en la ciudad de las luces y del amor, donde una vez triunfaron, también a base de sangre, los valores de libertad, igualdad y fraternidad.

Otra vez París sangra, y el resto de Europa llora a su lado. Francia se ha convertido en uno de los principales objetivos de los que creen que existen guerras justas. Europa llora por el golpe recibido en el corazón de sus símbolos más preciados, por el dolor de sus conciudadanos, por la sangre derramada sin sentido, y porque sabe que la próxima vez puede tocarle a ella, a nosotros, a ti o a mi.

Pero París no es sólo un símbolo de nuestros valores occidentales.

Es la capital de uno de los países más ricos de Europa, uno de los componentes del exclusivo club del G8, del que han desterrado recientemente a Rusia.

Es la capital del que fue uno de los imperios coloniales más grandes del mundo, aglutinando, sólo en el continente africano, 34 colonias -entre ellas, se encontraba lo que hoy en día es Siria-, de las que aún conserva 12 territorios.

Francia es uno de los países que más población inmigrante alberga (alrededor de unos siete millones y medio de personas). Es un estado laico donde una mayoría católica convive con más de 5.000.000 fieles del Islam.

Su presidente, junto con la canciller alemana, propuso hacer un reparto de los refugiados siros entre los países de la Unión Europea.

Francia es uno de los 5 países del mundo que más armamento exporta.

Es también uno de los países que está liderando la lucha contra la Yihad. El mismo día de la masacre había enviado a su gran portaaviones a la guerra (sí, parece que ya han admitido que es una guerra) en Siria e Irak. Fue también el país que encabezó los bombardeos en Libia.

El dolor genera odio. El odio genera guerras y las guerras producen más dolor, más odio y más beneficios para la industria armamentística y para todos los intermediarios que se enriquecen por el camino. Genera vencedores que escriben la historia, dibujan fronteras y se reparten cuotas de poder, y vencidos que crecen con más dolor y más odio. Odio que genera guerras…

Nido

Desde hace unos días para acá, en Villa Nevera tenemos nuevos vecinos. Aún no los hemos visto, pero están teniendo una mudanza bastante escandalosa. Están acomodándose en el hueco por donde sale hacia el jardín el tuvo del aire acondicionado.

Todo parece indicar que se trata de gorriones preparando su nido para el invierno. Esperamos que sea así, porque si no en breve seremos nosotras las que estemos buscando un nuevo nido.

Circo, mucho, mucho, circo

Siento cierta admiración por el pueblo catalán: práctico, emprendedor, con visión de futuro y en muchas cosas, adelantados a su tiempo y desde luego al resto de España. La alcaldesa de Barcelona, a quien respeto y admiro profundamente, es el único personaje político que a día de hoy, consigue entusiasmarme, con palabras y, lo que tiene mucho más mérito, con hechos.

Pero la “cuestión catalana” me aburre. ¿Me preocupa que Cataluña se independice? Tanto como que se independice Olivares. O sea, nada. Llámenme ingenua. Me preocupa mucho más que la situación actual se prolongue.

Ni entiendo ni comparto los sentimientos nacionalistas. Creo que lo que hace fuerte y rico a un pueblo es su unión con otros pueblos, no su escisión, por lo que concibo toda independencia de una nación como una pérdida, para ambas partes, para el conjunto de naciones que las engloba y para la humanidad en general, testigo, una vez más, del triunfo del individualismo.

Como pérdida lo entiendo y como pérdida lo viviría. Y como pérdida, una vez pasado el período de duelo, la superaría.

Lo que resulta más difícil de superar es este tira y afloja comunidad-estado que ha condicionado los gobiernos y las políticas de nuestro país desde la transición, convertido ahora en circo para deleite de las élites.

Un circo aparatoso y ruidoso, que además de cansarme y aburrirme, se vuelve más y más escandaloso a medida que la situación social de los ciudadanos se hace insostenible y los casos de corrupción salen a la luz por manojos. Una cortina de humo de palabras, gestos y amenazas hecha a medida de una clase política corrupta e inepta.

Tan ensordecedor es su estruendo, que ya hasta el pan le sobra.

Una historia casi universal

Vino de la mano de una gran amiga, con una dedicatoria tan especial como ella.

“Es uno de mis libros preferidos”.

Ahora también es uno de los míos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un libro, seguramente porque el ritmo de vida que llevo es poco compatible con los placeres contemplativos como la literatura. Motivo de más para cambiar de vida. Pero volvamos al libro.

Una joya de la literatura y de la historia, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, no sé por qué me da que si fuera de obligada lectura en los colegios, en vez de El Quijote o El Lazarillo de Tormes, y que me perdonen los puristas y los amantes de lo políticamente correcto, pero si hay alguna edad para comprender y disfrutar El Quijote, desde luego esa no es la infancia. Si fuera de obligada lectura en los colegios, decía, quizás creceríamos un poco menos incultos y algo más respetuosos con las culturas ajenas.

Pero es mucho más seguro para adormecer las mentes seguir venerando obras cuyo objeto de crítica se encuentra a buen recaudo, sepultado por más de cinco siglos de historia.

Quizás sería peligroso estimular el pensamiento crítico más allá del siglo XX. No vaya a ser que con ciertas lecturas contribuyamos a que las nuevas generaciones tengan una visión del mundo menos manipulable. Con lo fácil que lo ponen la televisión, las redes sociales y el Gran Google, no vayamos a estropearlo con obras como ésta de Eduardo Galeano, que distingue lo que dicen las sagradas escrituras de lo que dicen las doctrinas imperantes, que cuenta la historia de mujeres sabias y valientes cuya reputación ha sido mancillada por rebeldes y cuya voz ha sido silenciada por los siglos de los siglos, amén.

Dioses, pueblos, culturas milenarias, nombres de hombres y mujeres que osaron luchar contra la injusticia y acabaron menospreciados por la historia, o aquellos que fueron elevados a la categoría de Santos por acometer feroces atrocidades contra sus semejantes.

La contrahistoria, aquello que no cuentan las crónicas de los vencedores, aquello que pocos se molestan en contrastar, las vidas esenciales de los que a nadie importan, se reflejan en este espejo de la historia que devuelve la proporción al reflejo deformado de nuestro propio tiempo.

“Espejos, una historia casi universal”, de Eduardo Galeano. No dejen de leerla.