Loving you

La última entrada del año no tratará de política, ni de crisis, ni siquiera de arte. La última me apetece dedicarla al amor. Pero no al amor abstracto, ideal romántico y perfecto. Sino a uno concreto y real, tan cotidiano, humano e imperfecto, como la persona que escribe estas letras.

Desgastado por el uso, comienza sin embargo a tener ese extraño valor que atribuimos a nuestras antiguas pertenencias, aquellas que han logrado sobrevivir a los años y a las mudanzas, que quizás otros no dudarían en tirar al verlas, pero nosotros atesoramos como si de piedras preciosas se trataran.

Este ha sido un año difícil para ella. No ha habido un área de su vida, salvo quizás la nuestra, que no haya sido fuertemente atacada. Con una enfermedad que avanza sin piedad, una situación laboral que alterna sin previo aviso épocas de paro con otras de turnos interminables y con toda su familia en jaque, ha tenido pocas certezas a las que agarrarse.

Tampoco ha sido un año especialmente brillante para mí. Sin llegar a los lugares oscuros por los que ha transitado su destino, el mío ha discurrido más bien por un largo pasillo gris.

“¿Cómo lleváis vosotras todo esto: no os ha afectado la situación a vuestra relación?” Es una pregunta que he escuchado repetidas veces, con pequeñas variaciones, a lo largo de este año.

Supongo que pretender que no ha sido así sería demasiado ingenuo y algo temerario. Claro que las circunstancias nos afectan, claro que no es lo mismo navegar a favor del viento que hacerlo en contra, mientras arrecia la tormenta.

Pero creo que tampoco nos ha afectado tanto como cabría esperar. Más bien nuestra relación me recuerda al pequeño barco que en mitad de un intenso temporal, se deja ver tras cada ola, flotando como si la cosa no fuera con él.

Pese al frío, la humedad y los golpes, sigo encontrando su mirada al otro lado. Sigue haciéndome reír cada día, dándome fuerzas cuando las mías flaquean.

El temporal no ha amainado. Tal vez al final el pequeño barco termine por hundirse, irremediablemente vencido por la fuerza implacable de la Naturaleza y el destino. Pero esta noche saludaremos juntas al nuevo año. Despediremos este año gris como se merece, deseándole que se lleve con él todo lo malo y nos deje algo más tranquilas.

Y no puedo evitar sentirme afortunada al pensar que, un año más, será su mano la que estreche la mía mientras suenen las doce campanadas, serán sus labios los que besarán los míos mientras suenen los cohetes, y su mirada la que sostenga la mía mientras nuestras copas chocan en un brindis lleno de esperanzas y de promesas sin palabras.

Baronesa

Si creíamos que era durante las campañas electorales donde podían observarse los acontecimientos más inverosímiles, con bailes, cantes y apariciones estelares en programas de entretenimiento, era porque perdimos de vista lo que pueden dar de si unos resultados poco concluyentes.

La primera duda, ¿quién ha ganado las elecciones? ¿El primer partido más votado, perdiendo la mayoría absoluta y 3.652.897 votos? ¿El PSOE, que pese a quedar segundo, sigue su carrera cuesta abajo y sin frenos? ¿Podemos, que no puede? ¿Ciudadanos, que puede menos? ¿IU, que rozando el millón de votos ni siquiera ha logrado Grupo Parlamentario? ¿UPyD, que no ha logrado ningún escaño?.

Tal vez estas elecciones las haya ganado la pluralidad, la diversidad de ideas, que ha logrado vislumbrarse, pese a la gran losa de una ley electoral hecha para proteger el bipartidismo.

Pero la diversidad debe ser difícil de gestionar. “España, ingobernable”, “España, sumida en el caos”.

Vemos movimientos estos días que nos recuerdan a esos bailes que algunos candidatos se marcaban frente a las cámaras durante la campaña, pero a diferencia de los de aquellos, en esta ocasión la audiencia tiene la impresión de que las coreografías más importantes suceden fuera de cámara.

Declaraciones, pactos, guiños, reuniones…

Y entre tanto ir y venir entre bastidores, al público nos entretienen con una coreografía que casi podría calificarse de cómica: la que se está marcando el PSOE con su bicefalia.

De un lado, su Secretario General, supuesto Jefe indio, al que nadie toma por tal, salvo quizás su equipo más cercano y su familia.

Del otro lado, la Baronesa, verdadera jefa en la sombra y al Sol cuando hace falta. Aunque los medios siguen con su inercia machista y acuñan frases del tipo “Los barones del PSOE, con Susana Díaz a la cabeza“, o, en una mezcla imposible de metáforas: “Los barones del PSOE, capitaneados por Susana Díaz“. Cualquier giro de tuerca parece más correcto que perder la masculinidad de la frase.

Pero el PSOE no baila sólo. Podemos, supuesto estandarte del poder del pueblo, pero ávido del que le falta, se permite criticar la falta de autoritarismo del supuesto Jefe indio del PSOE. ¿¿¿Ein???

Es un personaje peligroso, que no tiene miedo a arriesgar cuando lo considera necesario, y al mismo tiempo no hace uso de todo el poder que tiene, salvo cuando es preciso. Que no tiene empacho en sacrificar a los suyos cuando la ocasión lo requiere, pero sabe esperar el momento. Es sin duda la persona más poderosa del PSOE y uno de los políticos más influyentes de nuestro país. Y, nos pese a quienes nos pese, tiene muchas papeletas para convertirse, algún día, cuando la sociedad así lo demande, en nuestra presidenta del gobierno. Y es una mujer. No es un barón. Es La Baronesa. Al César lo que es del César.

 

 

Freedom and slaves

Dice la R.A.E.:

libertad.
(Del lat. libertas, -ātis).
1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
2. f. Estado o condición de quien no es esclavo.
3. f. Estado de quien no está preso.
4. f. Falta de sujeción y subordinación. A los jóvenes los pierde la libertad.
5. f. Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres.
6. f. Prerrogativa, privilegio, licencia. U. m. en pl.
7. f. Condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento de ciertos deberes.
8. f. Contravención desenfrenada de las leyes y buenas costumbres.
9. f. Licencia u osada familiaridad. Me tomo la libertad de escribir esta carta. Eso es tomarse demasiada libertad. En pl., u. en sent. peyor.
10. f. Exención de etiquetas. En la corte hay más libertad en el trato; en los pueblos se pasea con libertad.
11. f. Desembarazo, franqueza. Para ser tan niña, se presenta con mucha libertad.
12. f. Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza. Algunos pintores tienen libertad de pincel. Ciertos grabadores tienen libertad de buril.

La primera acepción es inherente al ser humano y a su libre albedrío. Y aunque ciertamente puede verse muy limitada en cuanto al número de opciones disponibles, siempre nos queda la opción de luchar o ceder, de vivir arrodillados o morir de pie.

La esclavitud lejos de abolirse está acuñando nuevas formas, cada vez extendiéndose a más países en nombre de la productividad y la competitividad empresarial.

Es también el estado de quien no está preso. Pero, ¿preso de qué? ¿De nuestros afectos? ¿De nuestras tradiciones? ¿O quizás de nuestros hábitos? ¿Quién puede alzar su voz y afirmar que no le atan cadenas de ningún tipo?

Falta de subordinación… al orden social, el mismo que establece que los adolescentes y jóvenes son rebeldes.

La quinta acepción, la que alude a los gobiernos, resulta altamente tendenciosa. ¿Qué es una nación bien gobernada? Vale que enmarquemos la libertad en los límites de la ley, pero, ¿de las buenas costumbres, también? ¿Buenas costumbres para quién? Realmente es una definición tan subjetiva como la que puede hacer un niño de 4 años.

La libertad es a veces un estatus. Qué duda cabe.

De nuevo nos topamos con las leyes y las buenas costumbres, pero esta vez no son acatadas. Esta vez se desobedecen y además de forma desenfrenada. Qué curioso que sean precisamente las acepciones subjetivas las que no se acompañan de ejemplos ilustrativos.

A veces es familiaridad. O falta de protocolo. O simplemente, franqueza. En los casos más privilegiados, es un don.

De todas las acepciones, la que más me gusta, sin duda, es la primera. La idealista, la que ni siquiera perdemos como esclavos o como presos. La misma, sin embargo, que depende del resto de acepciones para poderse disfrutar en menor o mayor medida.

Porque todos las personas nacemos libres pero algunas nacemos más libres que otras. Algunas sólo pueden elegir en qué lugar van a morir, o a qué hijo van a alimentar. Otras, ni eso.

En nuestra sociedad puedes elegir qué funda llevará tu móvil, de qué marca será tu Smartphone y qué compañía telefónica te robará cada mes. Si tu elección es no tener un Smartphone, sufrirás el estigma social de quien desafía la norma. Tendrá un altísimo coste social, pero podrás elegirlo.

Cuando hablamos de bienes que no se pueden comprar a plazos, sin embargo, las opciones se limitan drásticamente.

¿Puedes elegir en qué trabajar? ¿Puedes elegir tus condiciones laborales?  ¿Puedes elegir cuándo tener hijos o cuántos hijos tener?

¿Tu opción es tener un gobierno que no sea corrupto, que no se venda a los intereses de las empresas energéticas y de la banca, que abogue por el bien común en vez de por el propio?

Tal vez hayas tenido la tentación de responder con un “no” rotundo a las últimas preguntas. Y quizás tengas razón. Pero quiero creer que aunque muchas opciones estén vedadas, aún podemos decir “no”. A ciertas condiciones laborales, a un trabajo poco digno.

Por muy negro que se presente el horizonte, aún podemos decidir si nos arriesgamos a traer niños a este mundo injusto e incierto, o nos quedamos como estamos.

Por muy similares que nos parezcan los partidos, podemos elegir entre votar a los que han demostrado sobradamente su falta de honestidad, o a los que aún no han tenido ocasión de defraudarnos. Si ninguno nos parece digno, siempre nos quedará la opción de fundar nuestro propio partido. ¿Inútil? Que se lo digan a Rivera o a Pablo Iglesias.

A las malas, nos queda la opción de hacer las maletas e irnos a otro lugar donde el Sol de la libertad brille más.

Claro que admitir que tenemos opciones es aceptar también nuestra parte de responsabilidad no sólo sobre nuestra propia vida, sino también en aquello que nos rodea. Porque la sociedad no es un ente abstracto, la sociedad somos tú, yo, él y ella.

Podría pasarme el día entero escribiendo, pero hay otros que se expresaron mucho mejor que yo, y en sólo una frase. Hace más de 2.000 años…

“Son pocos los que prefieren la libertad, la mayoría sólo quiere un amo justo” Salustio.

Wings

Quizás hoy no sea el mejor día para escribir ni para hacer balance, quizás sea mejor anestesiarse viendo Anatomía de Grey.

Hoy, después de una serie de eventos que han salido encadenadamente mal, me he despedido de mi coche. Es un coche viejo, autodesmontable, lleno de averías y luces perennemente encendidas en el salpicadero. Dio problemas desde el principio y tenía una querencia muy  arraigada de ir al taller en los momentos menos oportunos.

Siempre ha consumido más gasolina de la que mi bolsillo podía soportar y en los últimos años su apetito se había vuelto más voraz y consumía aceite casi con la misma velocidad que el combustible.

Ese tipo de cosas hace que le tengas poco cariño a tu coche.

Pero era mi coche y un regalo que nunca supe agradecer lo suficiente.

Aunque ya no me lo llevaba a los viajes, porque a duras penas llegaba a los 100 Km/hora, con él he recorrido más de 200.000 Km,  he  escuchado miles de programas de radio, de cds, y en los últimos tiempos, también de mp-3.

Lo he conducido prácticamente a diario, estancias en talleres aparte,  durante los últimos 11 años.

Desde que me quedé sin despacho fijo llevaba media oficina en el maletero. Pero también era mi segunda casa. A veces, más estable que la primera.

En el reducido espacio que había entre sus cinco puertas he  pasado más tiempo que en cualquier otro lugar. En su interior he vivido momentos malos, buenos, inolvidables y para el olvido.

Supongo que ese tipo de cosas fue haciendo que pese a los malos tragos, le cogiera cariño. Eso, y su increíble capacidad para resucitar cuando todos le damos por muerto.

Quizás por eso, en los últimos tiempos, cuando alguien se metía con él, en vez de darle la razón, como hacía antes, ahora lo defendía.

“Será lo que sea, pero ahí sigue, 13 años después…”

Porque por encima de todo, me daba alas. Unas alas pesadas, aparatosas y terriblemente caras, pero lo suficientemente eficaces como para permitirme volar al ritmo de sus altavoces.

Soy afortunada y tengo la suerte de poder contar con alas prestadas, pero no puedo evitar pensar que con las viejas alas se queda también atrás una época que toca a su fin.

Mañana será otro día. Una nueva época dará comienzo. Pero esta noche, por ser la última, seré yo quien le ponga una canción a mi coche, y no al revés.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elecciones

Muy bueno el debate en El Objetivo en La Sexta, con representantes de los 5 partidos más aventajados según las encuestas. Repreguntando, aportando datos…

Echo de menos la presencia de alguna mujer entre los políticos y me pregunto cómo será posible transitar hacia la igualdad partiendo de semejante hegemonía masculina.

Tampoco la situación es mejor entre los candidatos al gobierno. Todos hombres. Así no vamos a llegar muy lejos, eso está claro.

Los escándalos de corrupción día sí, día no y el de en medio también no es que animen a creer en la política.

Pero la esperanza es lo último que se pierde, y más cuando lo que está en juego es el presente y el futuro de un pueblo.

En esta ocasión tengo claro mi voto. A menos que de aquí al 20 de diciembre ocurra algún acontecimiento lo suficientemente relevante como para hacer cimbrear los pilares de los grandes partidos, voy a votar a la coalición liderada por Alberto Garzón: Unidad Popular.

Por primera vez en mucho tiempo he recuperado la fe en que converjan los programas, las palabras y los hechos. Al menos, cuando hablamos de un partido relativamente clásico. También me gusta el candidato, y ahí reside gran parte del secreto de mi vuelta a los orígenes.

Cada vez me produce más rechazo Pablo Iglesias y su poca educada costumbre de descalificar personalmente a los adversarios, la agresividad de su discurso y su rechazo a converger con otros partidos pequeños, ideológicamente afines.

Cada  vez me da más miedo la buena retórica de Albert Rivera -y de gran parte de su equipo-, por la capacidad que tiene de envolver en bonito papel de regalo grandes bombas de relojería para los que aún creemos en la igualdad social.

De los otros, ni hablamos.

Así que tal vez no sea el voto más útil, pero creo que no voy a caer en la trampa de votar lo que no me gusta por quitarle fuerza a lo que me gusta menos.

Voy a votar al partido y al candidato que más se aproximen a lo que pienso y a lo que siento. Tal vez no sea el camino para cambiar el mundo, pero al menos será el camino para que el mundo no me cambie a mi.

Para las próximas elecciones, dos deseos:

  • Que gane la izquierda, aunque sólo sea para parar este despropósito en el que estamos inmersos desde el 2010.
  • Que la gente vote desde la ilusión, sea a favor de quien sea, y no desde el miedo, contra el que sea.

Amen.

 

 

 

 

Magic Moments

Cuando era más pequeña, mi padre me hablaba de “los momentos mágicos” y me decía que eran la sal de la vida. Decía que a veces ocurrían en la feria o te pillaban desprevenido en cualquier reunión de amigos. No podían ser buscados ni convocados, porque parte de su magia residía en lo inesperado de la situación que se crea.

Aprendí a reconocerlos. Cuando aparecen, te sacuden como una descarga, por su intensidad y porque, por unos instantes, eres plenamente consciente de que estás siendo feliz, en ese momento y en ese lugar. Sabes que su magia se prolongará sólo unos segundos o, en el mejor de los casos, apenas unos minutos más, y tal por eso, lo disfrutas aún más.

Son esos momentos los que hacen que nuestro paso por esta tierra merezca le pena, y los que llevaremos en el recuerdo cuando emprendamos nuestro otro viaje.

Anoche vivimos uno de ellos escuchando esta canción: