With Arms Wide Open

Boszormenyi-Nagi, uno de los “fundadores” de la terapia familiar sistémica, partía de la premisa de que los hijos, desde su nacimiento, contraen una deuda familiar con sus padres que no podrán saldar nunca, ya que a ellos le deberán siempre la vida. A esta deuda inicial se le suman, en la mayoría de los casos, años de dedicación y sacrificio, que difícilmente podrán ser saldados por las acciones de los hijos, por más generosas y honorables que éstas sean.

Sin pretender poner en duda las enseñanzas de este gran maestro, hoy quiero utilizar esta mínuscula estrella en la blogosfera para hacerles llegar mi agradecimiento, no por darme la vida, que también (faltaría más!), sino por lo que vino después.

Hoy me siento muy agradecida al comprender que puedo permitirme vivir sin miedo porque ellos me enseñaron que el mundo es un lugar seguro. Hoy comprendo que no todas las personas han podido tener esa suerte. Hoy comprendo el origen del miedo. No del miedo a una amenaza real, que es necesario para poder evitar los peligros. Hablo del miedo a la vida, o del miedo a la muerte, que son las dos caras de una misma moneda.

Todas las veces que me caí y ellos me ayudaron a ponerme en pie, todas las veces que llegué llorando a casa y hubo alguien para consolarme. Todas las veces, en definitiva, que estuvieron y siguen estando ahí, ofreciendo su cariño como refugio y su ayuda cuando hace falta, han hecho que hoy, treinta y siete años después de llegar a este mundo, pueda confiar, cuando las cosas se tuercen, en que podrán arreglarse, cuando me caigo, en que podré volver a levantarme, cuando el corazón se rompe, en que puede volver a recomponerse. Porque el regalo más valioso que unos padres pueden hacer a sus hijos, tras darles la vida -qué duda cabe-, es enseñarles a confiar y a amar.

Si algún día llego a ser madre, no podré evitar transmitirle a mi hij@ algunas de mis manías y mis neurosis, o mi despiste permanente, mi mala memoria, mis alergias… No podré evitar cometer errores, y algunos me temo que serán de los grandes, pero haré lo imposible porque se sienta querid@ y segur@ en este mundo, como mis padres han hecho conmigo.

Va por vosotros.

 

 

 

 

 

Enfados

A veces la Naturaleza se enfada. Alza la voz para hacerse oír y el resto enmudecemos. A fuerza de cotidianidad casi se nos olvida su fuerza, pero basta un día como el de hoy para recordar vívidamente que estamos a su merced.

Viento huracanado, lluvia, objetos que salen volando…

Eso sí, la casa tiene buenos cimientos. De eso no cabe duda. Si abrías una puerta o una ventana entraban las fuertes corrientes de aire y tiraban lo que encontraban a su paso, sí salías al jardín corrías el riesgo de  salir volando tú misma, y de pillarte una pequeña pulmonía, de paso, pero las paredes se han mantenido en pie.

Y otro pequeño gran milagro: en mitad del temporal, otro elemento del jardín se ha mantenido impertérrito: la piscina de plástico. Llena de agua. A rebosar. Pero aún no ha rebosado. Ni siquiera se ha derramado un poquito.

Así que las conclusiones de hoy serían 3:

  1. No somos nadie.
  2. Si viene un tsunami o cualquier otro fenómeno de la Naturaleza, podemos refugiarnos en la Nevera. No nos aísla del ruido ni del frío pero sí de todo lo demás.
  3.  Hemos encontrado el sitio de la piscina. Que por cierto es la piscina de Narnia.

Abríguense que llega una ola de frío. Dicen.