Perdón

Errar es humano. Como tengo que lidiar todos los días con mi humanidad suelo ser bastante tolerante con las equivocaciones y por lo general entiendo que cualquiera puede cometer un error, por grande que sea éste.

Por eso cuando salí de aquel coche que acababa de ser embestido por otro vehículo no iba con ánimo de pelearme. Aunque había visto la velocidad de crucero que llevaba en el momento de impactar contra el nuestro y sabía que el dolor que estaba sintiendo en el cuello, y el de las dos personas que venían conmigo, había sido causado por su imprudencia.

El enfado vino luego. Cuando con el parte amistoso en una mano y la tolerancia en la otra, me topé de frente con el despotismo de un ser que en ningún momento pidió disculpas por lo ocurrido ni preguntó por el estado de las personas que estábamos dentro. No se tomó la molestia de dar una explicación. Sólo parecía preocupado por los daños de su propio vehículo y porque lo estábamos entreteniendo.

No haré juicios de valor con respecto al por qué nos trataba con tanto desprecio. Quizás no fuera porque éramos mujeres y él árabe. Quizás el hecho de que cuando llegaron los hombres su actitud cambió tiene más que ver con el miedo que con una religión mal entendida. No lo sé, y quizás me equivoco al pensar que no importa.

Me importa que ayer se cometió una agresión y que no ha sido compensada. No será compensada aún en el improbable caso de que alguien nos indemnice. No será compensada por la penitencia que quizás le imponga la policía por su pecado de soberbia, porque podríamos haberlo arreglado todo de forma amistosa.

Tampoco me importa que uno de los dos no tuviera  los papeles en regla. Ni sus prisas porque acababa el día del Ramadán. Su suerte me es absolutamente indiferente.

No quiero venganza. Sólo unas disculpas que no han llegado y nunca llegarán.