La vida dividida

Desde que el universo se plegó sobre sí mismo, hace cerca de un año, mi cotidianidad experimentó un caudal de nuevas experiencias, ilusiones, y en la misma medida, nuevas fuentes de estrés y, a ratos, frustración.

Si antes tenía la sensación de estar como un malabarista, manteniendo varias bolas en el aire al mismo tiempo, tras la irrupción de las últimas bolas, la imagen pasó a ser la de alguien que tiene que elegir en cada momento qué pelota mantener en el aire y cual dejar caer, e ir tratando de compensar el tiempo que cada una es abandonada a su suerte en la siguiente ronda.

Desde entonces mi día a día ha transcurrido dividido entre dos mundos. Nada tienen que ver el uno con el otro. Los dos me apasionan. Ninguno me da de comer. La forma de pagar las facturas, al igual que mis poquitos ratos de ocio, serían bolas extra, que rara vez tengo ocasión de controlar, y que han de gestionarse aparte.

Lo curioso es que sé que hay bolas importantes que aún no han tenido ocasión de entrar en juego, que comienzan a temer por su papel en este espectáculo.

La razón apunta a un callejón sin salida en la que inevitablemente, todas las bolas terminarán rodando por el suelo o chocando entre sí en el aire, sólo Dios sabe con qué consecuencias.

Mi instinto, mi optimismo y mi fe me dicen que siga adelante, que las piezas del puzzle que  en este momento es mi vida terminarán por encajar, dando forma a esa imagen que ahora sólo puedo entrever en sueños.

Alea jacta est. Para bien o para mal, siempre me ha podido la parte emocional…