14 de septiembre

Me acerco a una edad en la que hacer balance resulta casi inevitable. Según nos aproximamos a la mitad de la vida, se tiene la tentación de echar la vista atrás y ver lo que se ha recorrido, y echar la vista hacia adelante y ver si nos gusta la perspectiva que vislumbramos ante nosotros.

A veces lo que hemos hecho con nuestra vida hasta este momento no nos parece bastante. Quizás no es lo que esperábamos. Seguramente no llevamos la vida que habíamos soñado que llevaríamos. Quizás sentimos nostalgia de algún tiempo pasado que ahora se nos antoja mucho mejor. Y queremos dar marcha atrás, recuperar lo que perdimos. Quizás simplemente queremos otra vida que no es la nuestra. A veces lo que nos aguarda nos parece aterrador. Y la crisis de los 40 campa a sus anchas entre el café y los atascos.

Es mi turno. Tomo aire y giro lentamente la cabeza hacia los 38 años que estoy a punto de dejar atrás.

Veo una niña que amaba los animales, la música y la ciencia ficción, que soñaba con ser escritora. Una niña que estudiaba sin esfuerzo, salvo en primavera, y que le costaba la misma vida relacionarse, en cualquier época del año.

Nunca fue brillante en los estudios, pero tampoco fue una mala estudiante. Disfrutaba aprendiendo, casi sin esfuerzo, y también enseñando, sobre todo a su hermana, cuando le preguntaba cualquier duda o le pedía que le explicara algún tema de sus libros. Le gustaban los ordenadores y se aficionó a un par de videojuegos cuando la industria del videojuego aún estaba en pañales. Tuvo Internet en su casa antes que la mayoría de sus amigas de clase. Aprendió a navegar por la red y sobre todo a usar los chats. Usaba walkman, y después diskman y después tuvo una minicadena, gracias a una colecta que organizó la que entonces era su novia.

Creció amando la playa, leyendo libros de Isaac Asimov y soñando que algún día podría ser libre. Pasó muchos veranos entrando y saliendo de la piscina del jardín central, el mismo jardín que por las noches era testigo de otros juegos, de confidencias y secretos.

Quizás en algún momento de su vida sufrió acoso escolar, pero lo que dejó en ella una herida imborrable fue lo que sucedió en octavo curso de primaria, cuando las que habían sido sus amigas le dieron la espalda para siempre. Hipersensible al rechazo casi de nacimiento, aquello dejaría una impronta en su autoestima.

Aprendió a valorar la amistad como el bien más preciado y aunque la timidez la acompañaba allá donde fuera y le impedía hacer amigos con facilidad, procuraba hacer al menos, buenos amigos, y sobre todo, no dejar que el paso del tiempo se los llevara.

Sin mucha suerte en el amor, soñaba con encontrar algún día a su príncipe azul, y le costó encajar que sólo se enamoraría de princesas. Vivió un proceso de conocimiento de sí misma en el que se dio a conocer a su entorno y a través de los juicios de los demás aprendió a dejar de juzgar a las personas por su ideología.

Aunque no tuvo ocasión de estudiar fuera ni de irse de Erasmus, como hubiera sido su ilusión, vivió los años de la universidad intensamente. Conoció a personas muy diferentes de las que siempre le habían rodeado y se dejó fascinar por la psicología que estudiaba en los libros y por lo mucho que aprendía fuera de ellos.

Conoció el amor no correspondido, el primer amor, el amor furtivo, el que no tolera la separación y el amor que sobrevive al paso del tiempo.

Trabajó de azafata de promociones, de encuestadora, de ticketera en una heladería, contando coches que entraban en una rotonda y coordinando a los que contaban los coches que entraban o salían de las rotondas, de teloperadora, de administrativa, de técnico de formación, de profesora , de becaria de investigación y alguna vez, las menos, también de psicóloga.

Exploró cada rincón de la Expo ’92, asistió a innumerables conciertos. Conoció varios rincones de Inglaterra y quedó cautivada por la magia de Londres. Viajó a la ciudad de la luz, a la ciudad de las siete colinas, cuya belleza no apreció hasta la segunda visita, a la ciudad de las ciencias, a la capital de Europa y a la que fue la capital del imperio romano. Conoció la ciudad de Romeo y Julieta y el pueblo donde estuvo encerrada Juana la Loca. Estuvo en la Plaza donde aún protestan las abuelas más famosas del mundo, cedió el paso a los pingüinos y vió a una ballena nadar bajo sus pies. Conoció las montañas que cruzó Anibal con sus elefantes y las cascadas que descubrió Álvar Núñez al otro lado del charco. Cruzó el estrecho y fingió que sabía regatear en el zoco. Amante de su tierra y sus tradiciones, creyó enamorarse de Gante pero su corazón seguía perteneciendo a Granada y fue así hasta que llegó en vaporetto a la Plaza de San Marco. Desde entonces su corazón permanece dividido entre ambas.

Escribió diarios, cartas a amigos del ciberespacio, cartas de amor, poemas, relatos, novelas, blogs.

Vivió hasta cerca de los treinta en casa de sus padres hasta que fue independizada, junto con su hermana, con la que compartió piso alrededor de un año. Vivió sola, junto con su perro, en un pequeño estudio en el centro, hasta que se cansó de no encontrar nunca aparcamiento y se fue a vivir a un pueblo. Y de pueblo en pueblo, vivió en pareja en un piso, luego en una casa pareada y ahora de nuevo en un piso.

Y entre tanto, siguió disfrutando de la belleza del cielo al atardecer, del placer de una ducha caliente, del sonido de la lluvia al caer con fuerza tras las ventanas o del descubrimiento de una nueva canción, de una nueva serie. Siguió estudiando y escribiendo una vez al año, se paraba a celebrar el milagro de la vida y a dar las gracias por seguir en este mundo otro año más.

 

Ahora viene lo peor. El pasado se puede maquillar, se puede idealizar incluso. Pero el futuro se resiste a ser manipulado.

Giro de nuevo la cabeza y alzo la vista hacia adelante, tratando de ver más allá. Y no me salen las cuentas.

No me dan vacaciones suficientes para viajar y conocer todos los lugares que me gustaría conocer.

No me dan horas al día para estudiar todo lo que quiero estudiar, para aprender todos los idiomas que me gustaría.

Por no salir no me salen ni las cuentas de los años de cotización que me quedan para poder jubilarme algún día.

No sé hasta cuándo mi reloj biológico me permitirá ser madre.

Pero la vida me ha enseñado que no suele ser siempre como tú esperas. A veces te sacude y te caes con todo el equipo y a veces sorprende y, como canta Serrat, te besa en la boca.

Y mientras el destino me lo conceda,  seguiré escribiendo, disfrutando de los atardeceres, de las noches estrelladas, de las duchas calientes, de las tormentas a cubierto, de las nuevas canciones y las nuevas series y cada año, el 14 de septiembre, celebraré con los míos que seguimos aquí, disfrutando juntos del milagro de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Floreciendo

Siempre me ha parecido el mes más bonito del año. El que deja, por fin, atrás el frío del invierno, el que hace florecer el gris de las aceras, el que otorga a mi ciudad ese olor tan característico en primavera. Y lo hace sin traer aún el sofocante calor que habrá de imponer su tiranía durante meses.

Algunos días de fiesta y festejos lo acompañan, para que puedas levantar la vista de los libros o del ordenador y darte cuenta de que la vida florece a tu alrededor.

Este año se conmemora un acontecimiento que en su día fue muy importante para la ciudad y para muchas personas que tuvimos la suerte de vivirlo, cuya repercusión ha quedado silenciada por años de abandono y desidia. Quizás sea el momento de devolverle su lugar y de colocar cada cosa en su sitio. De soltar lastres y volver a comenzar.

Fuera llueve, pero por dentro de mi, con permiso del maestro Bécquer…

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,                                                                                           hoy llega al fondo de mi alma el sol,                                                                                              hoy me ha leído…                                                                                                                                   me ha leído y le ha gustado…

Feliz primavera.

 

 

 

 

Hidden

Si no te conociera me atrevería a asegurar que has estado esquivándome. Pero poco a poco parece que vuelves a buscarme. No te voy a mentir, te noto algo distinta. Un brillo de triunfo asoma a veces en tus ojos, y parece que has recobrado parte de la seguridad que habías perdido en la última época. Pero sobre todo, te noto cansada. Quizás es el desgaste inevitable de un maratón que se ha prolongado demasiado, o quizás, como tú dices, sólo es sed de vacaciones.

Sin embargo, sé que hay algo que no me cuentas. Algo trama esa cabeza que nunca desconecta. No te preocupes, no voy a interrogarte. Tienes derecho a tener secretos. El día que te apetezca, me lo cuentas, y si no te apetece hacerlo nunca, también estará bien. Confío en tu criterio.

Mientras tanto, si me lo permites, te confesaré yo el mío…

 

 

Yo sí guardaría un minuto de silencio por Rita Barberá

Cuenta la leyenda que dos artistas cuya enemistad era amplia y notoria, se toparon en la puerta de un local. Uno de ellos reaccionó rápido, adelantándose: “Yo no cedo el paso a  maricones arrogantes“, el otro, cuyo nombre era Jacinto Benavente, dio un paso atrás y haciendo una reverencia, respondió: “Yo sí“.

Se puede ser cortés y valiente. Se puede, y en mi opinión se debe, mostrar respeto por la muerte de una compañera del partido contrario, sin renunciar a tus ideas, sin dejar de denunciar aquello que hizo mal.

Fue una falta de respeto negar el minuto de silencio a Labordeta. También me lo parece no hacerlo ahora por Rita Barberá. Una falta de respeto, a mi entender, no se dignifica con otra.

Me gusta la filosofía de quienes saben pregonar con el ejemplo. Creo que si tuviéramos más respeto, en general, por la vida humana, otro gallo nos cantaría.

Pero lo que importa es quién logrará sacar más rédito electoral: si los que hacen leña del árbol caído o los que, tras renegar (cargados de razones) de ella en vida, pretenden a su muerte convertirla en mártir.

Un poco de coherencia y de elegancia no le vendría mal a nuestro maltrecho parlamento.

 

 

 

Otro gran paso para el ser humano… hacia atrás

Hoy, como buena parte de vosotros, y de este pequeño gran mundo que compartimos, he desayunado con la amenazadora noticia de que Donald Trump  estaba a punto de ganar las elecciones en EE.UU…

De nuevo, las encuestas fallaron y los peores pronósticos, los que casi todo el mundo daba por imposibles por aquí , se cumplieron.

Visto lo visto el PSOE ha perdido su gran oportunidad para ganar las elecciones generales en España tras su congreso federal.

Ironías aparte, no puedo apartar de mi cabeza dos ideas que rondan mi mente desde entonces:

La primera, el inmenso poder (de opinión, movilización, de presión) que tiene un instrumento que, a todas luces, no es fiable. Resulta sorprendente -y algo sospechoso- que cuanto peor funcionan las encuestas -al menos en apariencia-, lejos de perder credibilidad, más se emplean y se habla de ellas.

La otra es que seguimos avanzando en la nueva era.

Tras un período de relativa bonanza, en el que, huyendo de la peor cara del ser humano que mostraron las guerras mundiales, las democracias se expandieron por occidente,las clases medias prosperaron,  y se avanzó  tanto en muchos países en derechos sociales, tolerancia y respeto, no sólo hacia nuestros congéneres, sino también hacia otras especies animales y hacia el medio ambiente en general… cuando algunos comenzamos a creer en la evolución del ser humano como especie… algo hizo click y la tendencia cambió, pero inmersos en nuestras vidas, no nos dimos cuenta.

Aunque desde dentro de nuestra época a veces nos lo parezca, la historia no sigue un avance lineal, la historia es circular, al igual que el futuro, que no está escrito pero gira igual.

En algún momento, seguramente entre el nacimiento de la globalización, el comienzo de la recesión económica mundial, la proliferación del terrorismo islámico y los movimientos migratorios de los refugiados, el péndulo cambió de rumbo.

Nuestro pensamiento, al igual que el de los cocineros de las encuestas, cargado de esperanza y sentido común, sigue tratando de interpretar el mundo con los mismos códigos que antes, y se queda atónito, sin ser capaz de entender lo que está pasando a su alrededor, y mucho menos de anticiparse, a los fenómenos sociales que se suceden a ritmo vertiginoso. Ante las evidencias: el Brexit, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia, nuestras propias elecciones o las de EE.UU., por citar algunas de las más recientes, aún nos resistimos a creer que el mundo, ese en el que crecimos creyéndonos seguros y estables, ha cambiado.

El ser humano no se ha vuelto loco de repente y le ha dado por caminar hacia la autodestrucción. Sólo ha dado un paso más, hacia atrás, pero también, si ampliamos el foco, un paso hacia adelante en su infinito círculo, ese que va del amor al odio al prójimo, que representa la lucha más antigua: la que se libra entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad.

“Como el Sol, la locura también tiene su órbita” (anónimo?)

Y entre estas pretendidas reflexiones histórico-filosóficas, y sobre todo, para no dejarse llevar por el desaliento, creo que es importante recordar quiénes somos, en qué creemos y por qué no debemos dejar de luchar por ambas cosas. Aunque a veces, en días como hoy, y  como en tantos otros que vendrán, perdamos.

 

 

 

 

 

La vida dividida

Desde que el universo se plegó sobre sí mismo, hace cerca de un año, mi cotidianidad experimentó un caudal de nuevas experiencias, ilusiones, y en la misma medida, nuevas fuentes de estrés y, a ratos, frustración.

Si antes tenía la sensación de estar como un malabarista, manteniendo varias bolas en el aire al mismo tiempo, tras la irrupción de las últimas bolas, la imagen pasó a ser la de alguien que tiene que elegir en cada momento qué pelota mantener en el aire y cual dejar caer, e ir tratando de compensar el tiempo que cada una es abandonada a su suerte en la siguiente ronda.

Desde entonces mi día a día ha transcurrido dividido entre dos mundos. Nada tienen que ver el uno con el otro. Los dos me apasionan. Ninguno me da de comer. La forma de pagar las facturas, al igual que mis poquitos ratos de ocio, serían bolas extra, que rara vez tengo ocasión de controlar, y que han de gestionarse aparte.

Lo curioso es que sé que hay bolas importantes que aún no han tenido ocasión de entrar en juego, que comienzan a temer por su papel en este espectáculo.

La razón apunta a un callejón sin salida en la que inevitablemente, todas las bolas terminarán rodando por el suelo o chocando entre sí en el aire, sólo Dios sabe con qué consecuencias.

Mi instinto, mi optimismo y mi fe me dicen que siga adelante, que las piezas del puzzle que  en este momento es mi vida terminarán por encajar, dando forma a esa imagen que ahora sólo puedo entrever en sueños.

Alea jacta est. Para bien o para mal, siempre me ha podido la parte emocional…

 

 

 

 

 

 

 

Treasures

Atesoro libros como otros sus recuerdos o sus vivencias. Entre mis preferidos, se encuentra un diccionario combinatorio del español, que por cada palabra te devuelve otras relacionadas.

Sí, ya sé que hay aplicaciones informáticas que hacen lo mismo y que no ocupan sitio en una estantería, pero, para mi, nunca tendrán la misma belleza que un libro cuyas páginas abres entre tus manos. Ni su romanticismo.

Atesoro libros por amor al arte, de la misma forma que estudio por amor al conocimiento. Es una forma de ser, de ver y de vivir la vida, no siempre comprendida por la sociedad capitalista de la que todos formamos parte.

Como cualquier forma de vida, tampoco es necesario que sea comprendida, basta con que sea respetada.

Para los amantes de la crítica, os dejo las expresiones que asocia el diccionario de uso con esa palabra:

Crítica/r: abatir(se), acallar, ácido, a diestro y siniestro, afilado, airado, aplacar(se), candente, capear, cejar (en), cobrar fuerza, con dureza, conjurar, constructivo, cordialmente, fehacientemente, implacable, impune, lanzar, lluvia (de), negar, nimio, objeto (de), peregrino, punzante, rebatir, rezumar, salir al paso (de), serio, severo, severamente, sin fundamentos, sin paliativos, sin piedad, sin tapujos.