Sin mirar atrás

Aunque aún quedan varias semanas para que se vaya el 2016, el algoritmo de Facebook ya nos ha hecho su particular balance del año a cada uno.

Y aunque quizás sería el momento de aflojarse un poco las cadenas de la red social y hacerle la competencia con un balance propio, esta vez no me apetece hacer balance de lo que queda atrás. Sólo me apetece mirar al frente y continuar mi camino, nuestro camino.

Que los vientos os sean favorables, que aún nos quedan un par de curvas por coger antes de entrar en el 2017.

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Girando

Anoche mis neuronas empezaron a patinar en algún momento entre las 22:00 y las 23:00 horas. No me di cuenta. Mi cuerpo estaba igual de agotado pero la alegría del viernes y de una gran noticia recién recibida lo mantenían despierto.

Me costaba procesar los wasaps y hasta tuve que leer el correo anunciador de la buena nueva dos veces antes de comprender su contenido. Creo que me dio lugar de leer un par de relatos que hoy no recordaré, antes de caer rendida, embriagada de orgullo.

Mientras mi vida realiza su lento giro hacia no sé sabe muy bien dónde (nunca se sabe, realmente), el mundo se desdibuja y el ojo del huracán, lejos de permanecer inmóvil, se repliega sobre sí mismo.

El otro día, al salir de Isla Mágica (un regalo de cumpleaños de los que aún sigo disfrutando en diferido), de pronto, al salir del torno, se me vino flash de la multitud de noches que abandoné la Expo-92, y como si se hubiera descorchado el tapón de una botella que ni siquiera sabía que alguien guardaba en la bodega, una serie de imágenes se sucedieron en mi mente.

Mi primer concierto, y otros que le siguieron, el cansancio tras todo el día pateando la Isla de la Cartuja, que es parecido al cansancio de los guiris, muy diferente al cansancio tras todo un día de trabajo; mis ojos buscando el coche de mis padres que venía a buscarnos; la incertidumbre de no saber a dónde iríamos cuando acabara la Expo; todos los lugares que vinieron después. Las fiestas de la primavera, los World Dance Music, la fiesta de la Cadena 100…

Estoy en una fase rara. Esta crisis anticipada de los 40 tiene una forma curiosa de aferrarme al presente, haciéndome viajar gratis y sin previo aviso hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. Como si hubiera recibido la visita del fantasma del otoño y en vez de marcharse después hubiera decidido instalarse en casa. No se sabe hasta cuándo (nunca se sabe, realmente).

¿Será una segunda adolescencia? Bienvenida sea. Ella y todo lo que nos quede por vivir. Hoy es sábado, el mejor día de la semana. Dale al Play y sube el volumen.

Singing in the sun

A veces las palabras recorren tu cuerpo como una exhalación y sientes la imperiosa necesidad de volcarlas sobre un papel. O sobre una pantalla. El dónde importa menos. Lo que resulta vital es poder expulsarlas, como si se tratara de un mal virus. Te invade la rabia, la incomprensión o la ira y el acto de escribir se convierte en una compulsión no más controlable que un vómito que te arrasa la garganta.

Otras veces las palabras se multiplican y se atropellan unas a otras en tu interior, mezclándose y confundiéndose con tus sentimientos. Entonces necesitas escribirlas para pensar con claridad o simplemente para saber lo que sientes. Cuando acabas los cristales de tus gafas están más limpios y tu piel tiene la frescura que deja una ducha reconfortante.

También sucede que cuando estás muy triste o muy decepcionada, escribes. Y con cada palabra que tecleas, el dolor va aliviándose, lenta pero progresivamente, como si estuvieras untando alguna crema antiinflamatoria sobre la herida. Si bien el daño no desaparece, normalmente queda reducido a una dosis tolerable.

Cuando estás enamorada o hasta las patas de hormonas, todo lo que escribes tiene un regusto a algodón de azúcar difícilmente tolerable para los que no se encuentran en sintonía con tu nivel de glucosa en sangre. Escribes poco, porque no quieres embadurnar a los demás con la pringue de tus caramelos, pero rara vez te resistes, porque en el fondo tu organismo tampoco tolera tanto rosa y necesita dejar salir al menos una parte.

Pero cuando estás simplemente feliz no quieres escribir. No quieres dejar escapar ni un ápice de lo que estás sintiendo. No quieres poner orden a nada, no quieres gritar a los vientos nada que se puedan llevar calle abajo. Es entonces cuando te guardas tus palabras para ti y usas las de otros.

Y cantas.

Feliz puente!

What if…?

¿Alguna vez te has preguntado “Qué hubiera sido de mi vida si…”?

Muchas personas, en su mayoría mujeres, enviaban sus historias a una sección de la revista Pronto que, titulada tan sugerentemente, daba rienda suelta a sus fantasías de vidas alternativas.

De adolescente leía fascinada historias truncadas por una mala elección, o cómo un cúmulo de casualidades hacían que una vida condenada a la desdicha se iluminara con la llegada de alguien especial.

A ratos novela rosa, a ratos drama ruso, todas las cartas tenían algo en común: un punto de inflexión a partir del cual la vida tomaba un camino y dejaba otro atrás.

La fuerza del destino en estado puro.

Años después, yo también comencé a fantasear con mi propio camino alternativo. Un camino no tomado que hubiera sido el principio de una vida muy distinta.

Y de tanto pensarlo, se convirtió en una idea fija, en mi arrepentimiento inconfesable.

Qué gustazo, después de tanto tiempo, darle una patada a aquella tarde y plegar las dimensiones del Universo.

The wall

La pared avanzó un centímetro más. Él mantenía sus ojos puestos en la espada. Nunca le había parecido un arma tan afilada, ni tan brillante. Por primera vez en su vida, se preguntó si aquel sería su final. Siempre había dado por supuesto que la pared, llegada a cierta distancia, dejaría de moverse. O que la espada caería al suelo, sin más, como si no hubiera otro final posible.

Con la lucidez de quien despierta súbitamente de un sueño, comprendió que no se puede vencer al tiempo, ni siquiera él. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Y luego otras dos más. Y luego un caudal de sueños y esperanzas abandonaron sus ojos. Lloró durante siete días y medio.

Al octavo día, cuando ya sólo le quedaba una última lágrima por soltar, escuchó una voz que le hablaba desde el otro lado del muro:

– No tienes que parar la pared. Ni siquiera tienes que quitar la espada.

Él se esforzó por sonreír, quería agradecer las palabras de quien tan ingenuamente trataba de animarlo.

– No te miento, – prosiguió la voz, como si hubiera leído su pesimista pensamiento,- sólo necesitabas adelgazar un poco para poder escurrirte entre ambas. Con toda el agua salada que has perdido, seguro que ahora puedes escaparte por algún hueco.

“Ya es tarde para mi”, pensó Él, dejándose caer contra la pared. Entre las lágrimas había dejado ir también a su tesoro más preciado: la esperanza.

Cansado, triste y viejo, sin saber muy bien por qué, quizás porque tampoco tenía otra cosa que hacer, continuó haciendo lo único que había hecho toda su vida: luchar.

Sus golpes eran lentos y débiles. Convencido de su derrota, notó la última lágrima empañando su ojo: era la perseverancia.

Entonces, de pronto, su cuerpo se escurrió bajo el filo de la espada y se alejó un par de metros.