Fin de una era

En unas horas se decidirá si se rompe la tendencia de la Unión Europea a crecer y comienza a disminuir. No en talla moral, que hace mucho que la perdió, sino cuantitativamente.

En unos días se decidirá (¿decidiremos?) el futuro gobierno de España. Al menos, el próximo reparto de escaños.

Quizás, un nuevo contrato.

En unas semanas alguna selección ganará la Eurocopa, cosa que me importa poco pero en este país es como vital y aunque lo intentes no puedes permanecer ajena a ciertas realidades.

En unos meses, si los dioses quieren, estaremos inaugurando un nuevo hogar, un nuevo negocio.

Hay otros finales que se adivinan pero que no me atrevo a escribir.

Lo viejo deja paso a lo nuevo. Aunque a veces lo que dejamos atrás es lo nuevo, y volvemos a lo viejo, a un lugar que conocemos bien.

Estamos ante un cambio de era. Lo que nos depare el destino sólo los dioses lo saben. Que el camino será arduo lo damos por descontado, pero ya tenemos el cuerpo y el alma curtidos y no nos dejamos asustar fácilmente.

Y henos aquí, justo antes de tomar la próxima curva, el siguiente desvío del camino que hasta ahora parecía marcado, con los bolsillos llenos de buenas vibraciones, deseos por cumplir y una decisión tomada: volver a equilibrar la balanza.

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What if…?

¿Alguna vez te has preguntado “Qué hubiera sido de mi vida si…”?

Muchas personas, en su mayoría mujeres, enviaban sus historias a una sección de la revista Pronto que, titulada tan sugerentemente, daba rienda suelta a sus fantasías de vidas alternativas.

De adolescente leía fascinada historias truncadas por una mala elección, o cómo un cúmulo de casualidades hacían que una vida condenada a la desdicha se iluminara con la llegada de alguien especial.

A ratos novela rosa, a ratos drama ruso, todas las cartas tenían algo en común: un punto de inflexión a partir del cual la vida tomaba un camino y dejaba otro atrás.

La fuerza del destino en estado puro.

Años después, yo también comencé a fantasear con mi propio camino alternativo. Un camino no tomado que hubiera sido el principio de una vida muy distinta.

Y de tanto pensarlo, se convirtió en una idea fija, en mi arrepentimiento inconfesable.

Qué gustazo, después de tanto tiempo, darle una patada a aquella tarde y plegar las dimensiones del Universo.

Mi regalo

No ha sido una buena semana para la justicia ni para el buen gusto.

Con el mundo occidental aún conmocionado por los atentados de París, mucho más cerca de aquí se mascaba otra tragedia, más pequeña, menos mediática, más cotidiana. Que sea la crónica de un desastre anunciado no la hace más dulce, del mismo modo que la larga enfermedad de un ser querido no hace su partida  menos dolorosa. Tan sólo, en el mejor de los casos, nos quede junto a su ausencia y nuestra tristeza, cierta sensación de alivio.

“Lost in USA and loser in Spain” (perdido en Estados Unidos y perdedor en España) resumía Pablo Iglesias la situación de Pedro Sánchez con un hábil juego de palabras y una metáfora que dio mucho de sí en el acto del pasado sábado en Sevilla.

Quién es el perdedor en esta batalla. Otra respuesta obvia. Siempre pierden los mismos en las guerras: los niños.

Los adultos no es que ganen, pero al menos tienen capacidad de decisión y llevan en lo que les sucede su parte de penitencia por los pecados cometidos.

Los adultos eligen a sus parejas. Pueden acertar más o menos, o equivocarse estrepitosamente, pero sigue siendo su elección y su responsabilidad deshacer los desaguisados de un mal paso.

Los padres educan a sus hijos. Con más o menos tino, pero conforme a lo que creen y a lo que dan de sí sus habilidades.

En cualquier caso, son libres de atacar o huir, de luchar o rendirse. De mantenerse fieles a sus principios o ceder a las tentaciones. De exhibir su mal gusto o disimularlo.

Los únicos que ni pinchan ni cortan son los bebés que vienen a nacer a una familia o a otra. En un remanso de paz o en medio de un conflicto bélico.

Esta entrada va dedicada a uno de esos bebés, menos afortunado, no porque llegara al mundo cuando sus padres ya se habían separado, sino porque nunca debieron de juntarse.

En un par de horas estaré en un seminario estatal de resiliencia, que es un constructo psicológico que se emplea para hacer referencia a la capacidad de las personas de salir adelante, sanas, desarrollando su potencial, a pesar de la adversidad que las rodea. La resiliencia es un bien escaso, por eso quizás se la busca con tanto afán. Es la responsable de ese 15% que se escapa de la estadística, del éxito contra todo pronóstico, de la esperanza en el género humano.

No sé si el bebé al que dedico estas líneas pertenecerá a ese 15% de afortunados que se ríen de los factores de riesgo. Pero en cualquier caso, va a necesitar mucho sentido del humor o muy poca vergüenza para sobrellevar su suerte.

Se me vienen a la mente imágenes de hadas madrinas haciendo su regalo de nacimiento a la princesa protagonista del cuento. Mi regalo va con retraso, pero ojalá puedas recibirlo.

Te regalo la suerte de una persona que se preocupe, sobre todas las cosas, por tu bienestar. Te regalo el privilegio de ser querida, no por lo que logres en la vida, sino sólo por ser quién eres. Te regalo un amor comprensivo, una mirada cómplice y el abrazo para los malos momentos.

Mi regalo, mi deseo, es que la vida no te separe de su luz.

Al final, el destino siempre te encuentra

 

Sí, por fin lo he decidido: voy a dejar de comer. Pero confío en disfrutar de mi ayuno.

Las personas soñadoras tenemos eso, el pragmatismo no es nuestro fuerte. Pero son de bonitos… con sus nubes, sus playitas…

Resulta curioso pasarse la vida con la impresión de que se avanza -o se retrocede-, de que se dejan cosas atrás, para caer en la cuenta de pronto de que da igual cuánto camines, porque si corres mucho lo único que conseguirás es llegar más rápido al punto de partida.

Al final resulta que la vida es cíclica, que tus fantasmas son siempre los mismos. Cambian los escenarios, las personas, pero no las batallas. Quizás son precisamente nuestros temores y nuestros anhelos, esos que nos acompañan aunque no queramos, los que nos hacen únicos. 

Esta semana le he dado un volantazo a mi vida. He aplicado la corrección necesaria para volver al punto de partida. Sabía que era cuestión de tiempo porque no se puede navegar mucho tiempo contra la propia corriente, y tarde o temprano la cabra tira al monte. Aunque es cierto que no esperaba que sucediera tan pronto.

“Las cosas tienen su timing”, me decía una amiga el otro día. “Timing” es una de esas palabras inglesas tan precisas que necesita toda una frase en castellano para ser comprendida, pero que en ese contexto vendría a ser algo así como “momento oportuno”. Ella lo decía en alusión a mi tesis. “A lo mejor no es el mejor momento para hacer la tesis”. 

A lo mejor lo que decía era racional, pero desde luego no podía estar más en desacuerdo con ella. ¿Relegar lo que más me gusta hacer y que es mi prioridad profesional en este momento? “Demasiado la he relegado ya”.

Resulta curioso que la única persona que me apoyaba en mi salto al vacío fuera precisamente Ella, la persona más apegada a la estabilidad que conozco. Claro que por algo me enamoré de Ella. 

La presión aumentó, tuve el pequeño empujón que necesitaba, y me tiré. Me sigue dando miedo la altura, pero más miedo me da la falta de libertad. 

No me gusta pasar hambre, ni en sentido literal ni en figurado. Salvo escribir, el resto de mis gustos y vicios son caros. Por no hablar del simple hecho de pagar la factura de la luz todos los meses, que se está convirtiendo en todo un reto. No tengo ni idea de cómo lo voy a hacer. Y aunque tengo redes, sin las cuales no me hubiera tirado, no me gustaría emplearlas a menos que fuera absolutamente necesario. Menos el aire, todo cuesta. 

Pero lo bien que se siente una haciendo lo que quiere, aunque el mundo entero grite lo contrario, eso no tiene precio. 

 

 

 

 

El momento más feliz

Cada pareja, cada familia, tiene sus rituales, sus reglas y sus juegos. Normalmente ni siquiera se hacen a propósito, sino que se van forjando a base de repeticiones, como la tierra se orada al paso del agua. Pero al tiempo resulta que son precisamente esos rituales, esos pequeños momentos cotidianos, esas cosas que hacemos juntos de ese modo y no de otro, los que le dan sentido y conforman las señas de identidad del “nosotros”, como el curso del río le da forma y nombre al caudal de agua que lo recorre.

Las circunstancias de trabajo están a punto de robarnos uno de esos rituales. El del encuentro, el de qué tal te ha ido hoy, el del baile porque la jornada laboral y las tensiones del día terminaron y ahora estamos solas tú y yo, en casa, a salvo del mundo.

Encontraremos otros momentos, inventaremos nuevos bailes, como el agua busca nuevos caminos. Encontraremos nuevos paisajes, quizás más salvajes, quizás más bellos, pero hasta que eso ocurra, da la sensación de que alguien está a punto de robarnos un preciado regalo y aunque sabemos que lo mejor es no oponer resistencia, no podemos evitar sentir, mientras se lo entregamos, que lo vamos a echar mucho de menos.

Este es mi pequeño homenaje de despedida.

Dulce derrota, amarga victoria

El cambio llegó.

Se cerraron muchas puertas, y otras amenazan con hacerlo pronto. Y sin embargo, apenas me importa ya. Al fin y al cabo, ¿ Quién quiere puertas mientras está atravesando un puente ?

No recuerdo en qué momento entró en mi vida. Aunque durante mucho tiempo la eché de menos, nunca llegué a llamarla. Quizás temía que llegaría con malas compañías. Y ahora está aquí, cómoda, tranquila y segura de si misma, con la imperturbabilidad de quien sabe que ha venido para quedarse.

A veces la miro de reojo, dudando de sus intenciones. Ella ni se molesta en devolverme la mirada. Tan sólo sonríe y murmura, como hablando para sí misma: “no te mates por saber que el tiempo te lo dirá”.

Entonces comprendo que hay cosas contra las que no se puede luchar, que simplemente ocurren, inexorables, como el amanecer tras la noche. Pero a veces, son justamente esas batallas que están condenadas a ser perdidas desde el principio, las únicas que merecen ser libradas, porque lo importante no es el resultado de la contienda, sino el coraje que mostramos en cada golpe, lo que aprendemos en cada caída y sobre todo, si en el ruido de la lucha, somos capaces de distinguir su voz.

Winds of change

Qué será lo que tiene la mala suerte que parece que va a quedarse con nosotros para siempre, y la fortuna que se nos antoja a punto de escurrirse entre los dedos en cualquier momento. Por qué esperamos que tras algo bueno venga un gran castigo. Por qué tememos decir en voz alta algunas cosas. Por qué me da tanto miedo simplemente ser feliz. 

Tengo un nuevo amuleto. Dentro de poco tendré un año nuevo, que estrenaré ya descastado de tanto imaginarlo para amortiguar el impacto de su llegada. Y con un poco, o mucha, o ninguna suerte, aparecerán nuevas cosas en mi vida. El cambio es inevitable, por no decir que hace tiempo que comenzó. Parece que está esperándome aunque quizás habite en mi. A veces apenas susurrante, otras, en cambio, como ahora, llenándolo todo con su voz atronadora. 

Con la serenidad de quien se entrega a la voluntad de su Dios, así me abandono a mi destino. 

” So nobody ever told you baby, how it was gonna be
So What’ll happen to you baby?
Guess we’ll have to wait and see “

Guns and Roses