Perdón

Errar es humano. Como tengo que lidiar todos los días con mi humanidad suelo ser bastante tolerante con las equivocaciones y por lo general entiendo que cualquiera puede cometer un error, por grande que sea éste.

Por eso cuando salí de aquel coche que acababa de ser embestido por otro vehículo no iba con ánimo de pelearme. Aunque había visto la velocidad de crucero que llevaba en el momento de impactar contra el nuestro y sabía que el dolor que estaba sintiendo en el cuello, y el de las dos personas que venían conmigo, había sido causado por su imprudencia.

El enfado vino luego. Cuando con el parte amistoso en una mano y la tolerancia en la otra, me topé de frente con el despotismo de un ser que en ningún momento pidió disculpas por lo ocurrido ni preguntó por el estado de las personas que estábamos dentro. No se tomó la molestia de dar una explicación. Sólo parecía preocupado por los daños de su propio vehículo y porque lo estábamos entreteniendo.

No haré juicios de valor con respecto al por qué nos trataba con tanto desprecio. Quizás no fuera porque éramos mujeres y él árabe. Quizás el hecho de que cuando llegaron los hombres su actitud cambió tiene más que ver con el miedo que con una religión mal entendida. No lo sé, y quizás me equivoco al pensar que no importa.

Me importa que ayer se cometió una agresión y que no ha sido compensada. No será compensada aún en el improbable caso de que alguien nos indemnice. No será compensada por la penitencia que quizás le imponga la policía por su pecado de soberbia, porque podríamos haberlo arreglado todo de forma amistosa.

Tampoco me importa que uno de los dos no tuviera  los papeles en regla. Ni sus prisas porque acababa el día del Ramadán. Su suerte me es absolutamente indiferente.

No quiero venganza. Sólo unas disculpas que no han llegado y nunca llegarán.

 

 

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Augurios

Esta mañana Hugo me ha dejado un regalito en la puerta. Desde que lo desterramos del dormitorio por conducta disruptiva se encarga de recordarnos que no está de acuerdo con la decisión muy a menudo, no vaya a ser que se nos olvide.

No me noto las neuronas especialmente despejadas. Tampoco ninguna novedad, dado mi ritmo últimamente. Pero he agotado mi bono de minutos de sueño. Al menos hasta después del examen.

El reloj de ING sigue impertérrito.

No pinta bien el día.

Si no fuera porque dejé el café seguramente hoy sería una de esas mañanas que encontraría la cafetera vacía.

Algo a mi favor: el reloj hoy no tiene prisa. Me ha concedido unos minutos extra que aprovecho para escribir estas lineas.

3 a 1. Una apuesta buena para ganar, fácil de perder.

 

 

 

 

Plagas

La precariedad de nuestra economía se había dejado notar en los últimos meses también en el estado de los acuarios. La falta de tiempo para dedicar a su mantenimiento tampoco ha ayudado.

Aunque la población del acuario de escalares se ha mantenido milagrosamente estable, una proliferación excesiva de algas había cubierto casi por completo sus cristales, de forma que costaba mucho ver su interior.

Comencé con un tratamiento intensivo consistente en cambios de agua frecuentes, que sólo recientemente he podido completar con el paso definitivo: la compra de un pequeño ejército de peces come algas.

Aunque tengo químicos anti-algas, la mejor opción siempre es la auto-regulación de la Naturaleza mediante el equilibrio de sus ecosistemas.

siames

Come-algas siamés

La primera tanda de come-algas, 4 siameses, se mostraba excesivamente temerosa de operar en áreas visibles, por lo que se replegó en la esquina derecha del acuario, que ahora luce impoluta, sin atreverse a explorar el resto, claramente intimidados por el tamaño de los antiguos habitantes del acuario.

Ante el poder de los grandes, la única opción de los pequeños es permanecer juntos en grandes grupos.

Ayer envié refuerzos, un Plecostomus, Pleco para los amigos, y 4 Pekoltias (creo que se llaman así), todos ellos eficaces come-algas.

pleco

Plecostomus

 

Ahora mis come-algas, aunque siguen prefiriendo las esquinas -lugares menos accesibles para los grandes-, se van dejando ver también por el resto del acuario, recorriéndolo poco a poco de punta a punta, dejando a su paso un reguero de claridad y transparencia evidente que hace recobrar la esperanza en que podamos controlar la plaga.

Aunque el acuario dista mucho de estar impoluto, salvo por sus esquinas, ahora la trama de algas es menos intensa y ya permite ver lo que hay tras los cristales desde fuera: más algas.

Mientras observo al pequeño ejército afanado en la ingente tarea de reducir la plaga del acuario y escucho las noticias de última hora, no puedo evitar pensar en la analogía: un ejército de jueces, policías, periodistas… luchando sin descanso por acabar con nuestra plaga particular, la corrupción. Como mis come-algas, también ellos tienen que tener cuidado de no dejarse ver demasiado, si no quieren morir devorados por los poderosos, que han sabido adaptarse y sacar provecho del sistema. Como mi pequeño ejército, también ellos encuentran su fuerza en el poder de la unión. Y aunque sus resultados son evidentes, y van logrando importantes logros, algunas dimisiones, como la del ministro Soria, algunos encarcelamientos, como el de Mario Conde, que hacen recordar que existe una cosa que se llama justicia y que a veces también funciona para los ricos, los espacios de transparencia que van dejando, lejos de aportar tranquilidad, sirven para que desde afuera comience a vislumbrarse el verdadero alcance de la plaga.

 

 

 

Nido

Desde hace unos días para acá, en Villa Nevera tenemos nuevos vecinos. Aún no los hemos visto, pero están teniendo una mudanza bastante escandalosa. Están acomodándose en el hueco por donde sale hacia el jardín el tuvo del aire acondicionado.

Todo parece indicar que se trata de gorriones preparando su nido para el invierno. Esperamos que sea así, porque si no en breve seremos nosotras las que estemos buscando un nuevo nido.

Girando

Anoche mis neuronas empezaron a patinar en algún momento entre las 22:00 y las 23:00 horas. No me di cuenta. Mi cuerpo estaba igual de agotado pero la alegría del viernes y de una gran noticia recién recibida lo mantenían despierto.

Me costaba procesar los wasaps y hasta tuve que leer el correo anunciador de la buena nueva dos veces antes de comprender su contenido. Creo que me dio lugar de leer un par de relatos que hoy no recordaré, antes de caer rendida, embriagada de orgullo.

Mientras mi vida realiza su lento giro hacia no sé sabe muy bien dónde (nunca se sabe, realmente), el mundo se desdibuja y el ojo del huracán, lejos de permanecer inmóvil, se repliega sobre sí mismo.

El otro día, al salir de Isla Mágica (un regalo de cumpleaños de los que aún sigo disfrutando en diferido), de pronto, al salir del torno, se me vino flash de la multitud de noches que abandoné la Expo-92, y como si se hubiera descorchado el tapón de una botella que ni siquiera sabía que alguien guardaba en la bodega, una serie de imágenes se sucedieron en mi mente.

Mi primer concierto, y otros que le siguieron, el cansancio tras todo el día pateando la Isla de la Cartuja, que es parecido al cansancio de los guiris, muy diferente al cansancio tras todo un día de trabajo; mis ojos buscando el coche de mis padres que venía a buscarnos; la incertidumbre de no saber a dónde iríamos cuando acabara la Expo; todos los lugares que vinieron después. Las fiestas de la primavera, los World Dance Music, la fiesta de la Cadena 100…

Estoy en una fase rara. Esta crisis anticipada de los 40 tiene una forma curiosa de aferrarme al presente, haciéndome viajar gratis y sin previo aviso hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. Como si hubiera recibido la visita del fantasma del otoño y en vez de marcharse después hubiera decidido instalarse en casa. No se sabe hasta cuándo (nunca se sabe, realmente).

¿Será una segunda adolescencia? Bienvenida sea. Ella y todo lo que nos quede por vivir. Hoy es sábado, el mejor día de la semana. Dale al Play y sube el volumen.

Evolución

Una siempre se imagina que afrontar la desaparición de un ser querido debe de ser algo muy difícil, de esas experiencias que encabezarían la lista de aquello que nos gustaría no tener que vivir jamás.

Aún sigue encabezando la mía, aunque los acontecimientos de este fin de semana han hecho que me acerque un poco más a las personas que buscan, que esperan y desesperan. Como en un sueño, que te aproxima a tus miedos y hace que te pongas en situación, mostrándote lo que puedes llegar a pensar o sentir, guardándose un as en la manga, el de la reversibilidad, que sólo descubrirás al abrir los ojos y darte cuenta de que nada ha sido real.

Porque cuando alguien desaparece, las incógnitas dominan nuestro presente e invaden el pasado. “Dónde estará”, “por qué se habrá ido”, “¿estará bien?”, “¿estará pasando calor, sed?”, “¿qué hubiera pasado si…?”, “¿Y si…?”.

Ante la falta de certezas, comienzas a fantasear y a buscar opciones probables. Y nuestra realidad se vuelve del color de las respuestas que escojamos.

“Se habrá resguardado del calor”, “Estará buscando algún lugar con agua”, “Habrá intentado volver a su casa”.

Temíamos por su capacidad de supervivencia en la calle, por el escaso desarrollo del instinto natural de un perro faldero, acostumbrado como estaba a la vida acomodada de un piso, donde todas las necesidades eran satisfechas incluso antes de ser demandadas.

Gracias a los dioses, subestimamos el verdadero poder de la adaptación. Pensábamos que un perro faldero sería presa fácil de la velocidad de los conductores y de las inclemencias del clima.

Quién necesita buscar agua, alimento o refugio, si sabe ganarse el afecto de las personas. Quién necesita huir de los coches, si antes de llegar a la carretera ya tiene a un grupo de jóvenes preocupados por su bienestar.

Subestimamos el poder de un perro faldero. En nuestra arrogancia pensamos que hemos anulado sus instintos, aquellos que los hacían sobrevivir en mitad de un bosque. Pero, ¿de qué sirve saber sobrevivir en el bosque, cuando ya no quedan árboles a nuestro alrededor? En este mundo de plástico y pantallas de plasma, es mucho más relevante para la supervivencia ser simpático con las personas y salir bien en las fotos.

Gracias a la evolución, que permite la supervivencia de los mejor adaptados, este mundo está lleno de personas sensibles y perros falderos.

La nevera

Como suele pasar por estas tierras, tal como llega la primavera asoma en Sevilla el verano, con unos meses de adelanto y sin ningún pudor.

Tras varias Semanas Santas impregnadas de lluvia y lágrimas, luce el Sol sobre las procesiones. Un alivio que ahuyenta los miedos de los que temen quedarse otro año más sin su estación de penitencia, pero es que en esta tierra no entendemos de términos medios.

Sol abrasador, sudores, lipotimias y pocas personas, en general, preparadas para recibir el verano a finales de marzo. 32º graditos narraban las crónicas. Los que hemos estado estos días por allí sabemos que han sido más.

Pero eso es en la capital. En los pueblos, algo menos. Y en la nevera, seguimos con mantas. Durante el día.

No recuerda mi memoria un efecto semejante en una casa, salvo en alguna muy antigua, de piedra, incrustada en la montaña.

En Villa Golondrina ya llevaríamos semanas con el aire acondicionado puesto, al menos en las horas centrales del día.

Aquí, mientras el verano asoma de puertas para afuera, no puedes soltar la batamanta. Hugo, que lleva tan mal el frío como yo, ha encontrado un nuevo refugio: la alfombra de la entrada.

Miro la consola del aire acondicionado que instalaron los hombres de la mudanza en el salón y me pregunto si acaso la estrenaremos. No lo usamos, salvo para probar que funcionaba, tras la mudanza. Y nos mudamos en plena ola de calor. Pero fue terminar la mudanza y no volver a acordarnos del calor ni de ella.

Todo parece indicar que la usaremos poco. La duda que se nos plantea ahora es si seguiremos encendiendo la estufa.