Augurios

Esta mañana Hugo me ha dejado un regalito en la puerta. Desde que lo desterramos del dormitorio por conducta disruptiva se encarga de recordarnos que no está de acuerdo con la decisión muy a menudo, no vaya a ser que se nos olvide.

No me noto las neuronas especialmente despejadas. Tampoco ninguna novedad, dado mi ritmo últimamente. Pero he agotado mi bono de minutos de sueño. Al menos hasta después del examen.

El reloj de ING sigue impertérrito.

No pinta bien el día.

Si no fuera porque dejé el café seguramente hoy sería una de esas mañanas que encontraría la cafetera vacía.

Algo a mi favor: el reloj hoy no tiene prisa. Me ha concedido unos minutos extra que aprovecho para escribir estas lineas.

3 a 1. Una apuesta buena para ganar, fácil de perder.

 

 

 

 

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Girando

Anoche mis neuronas empezaron a patinar en algún momento entre las 22:00 y las 23:00 horas. No me di cuenta. Mi cuerpo estaba igual de agotado pero la alegría del viernes y de una gran noticia recién recibida lo mantenían despierto.

Me costaba procesar los wasaps y hasta tuve que leer el correo anunciador de la buena nueva dos veces antes de comprender su contenido. Creo que me dio lugar de leer un par de relatos que hoy no recordaré, antes de caer rendida, embriagada de orgullo.

Mientras mi vida realiza su lento giro hacia no sé sabe muy bien dónde (nunca se sabe, realmente), el mundo se desdibuja y el ojo del huracán, lejos de permanecer inmóvil, se repliega sobre sí mismo.

El otro día, al salir de Isla Mágica (un regalo de cumpleaños de los que aún sigo disfrutando en diferido), de pronto, al salir del torno, se me vino flash de la multitud de noches que abandoné la Expo-92, y como si se hubiera descorchado el tapón de una botella que ni siquiera sabía que alguien guardaba en la bodega, una serie de imágenes se sucedieron en mi mente.

Mi primer concierto, y otros que le siguieron, el cansancio tras todo el día pateando la Isla de la Cartuja, que es parecido al cansancio de los guiris, muy diferente al cansancio tras todo un día de trabajo; mis ojos buscando el coche de mis padres que venía a buscarnos; la incertidumbre de no saber a dónde iríamos cuando acabara la Expo; todos los lugares que vinieron después. Las fiestas de la primavera, los World Dance Music, la fiesta de la Cadena 100…

Estoy en una fase rara. Esta crisis anticipada de los 40 tiene una forma curiosa de aferrarme al presente, haciéndome viajar gratis y sin previo aviso hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. Como si hubiera recibido la visita del fantasma del otoño y en vez de marcharse después hubiera decidido instalarse en casa. No se sabe hasta cuándo (nunca se sabe, realmente).

¿Será una segunda adolescencia? Bienvenida sea. Ella y todo lo que nos quede por vivir. Hoy es sábado, el mejor día de la semana. Dale al Play y sube el volumen.

Gotas de otoño

Me gustan el sol de invierno y las tormentas de verano. Me gustan los días grises de agosto, aunque eso suponga que disfrutaremos menos de la piscina. Pronto podremos venderla a cachitos, como hielo industrial para los bares.

Me gustan las noches de copas y las mañanas productivas, aunque rara vez puedan ir de la mano.

Creo que la vida adquiere más intensidad en los momentos de contraste, en esos primeros instantes en los que aún no hemos podido habituarnos.

Benditos contrastes.

Ella dice que soy la visión positiva de la vida. Puedo permitírmelo, para la negativa ya está Ella.

¿Equilibrio? No, solo contraste.

Como la luz, que solo brilla en la oscuridad, es en su mirada donde la mía cobra sentido.

Buscando un refugio

Buscar el anonimato en la Red es una pretensión tan ambiciosa como absurda, pero las ilusiones nos ayudan a sobrellevar mejor los aspectos más intolerables de la realidad. Y a mi la falta de intimidad, por momentos, se me antoja un precio demasiado alto a pagar por vivir en la era de la hiperconectividad. 

Tras un obligado paréntesis, vuelvo a retomar mi más antiguo vicio: la escritura. Desde el refugio que inauguro hoy arrojaré mis pensamientos al océano del ciberespacio. Mi secreta esperanza: que algún día lleguen a ti. Mi batalla más feroz: contra el tiempo. Y aunque es una batalla perdida, la libraré hasta el final de mis días, con cada palabra vertida, con cada beso robado y con cada atardecer que contemplen mis ojos.

Mientras el destino me lo conceda, como dice la canción, continuaré escribiendo… para ti.